Manuel Benítez 'El Cordobés'. Vida, revolución y mito de una España que cambió
Publicado: Dom May 04, 2025 11:46 am
Manuel Benítez 'El Cordobés'. Vida, revolución y mito de una España que cambió
Manuel Benítez Pérez, conocido universalmente como El Cordobés, nació el 4 de mayo de 1936 en Palma del Río (Córdoba). Figura emblemática de la tauromaquia española y símbolo cultural de los años 60, su vida es una historia de hambre, osadía, invención y gloria. Logró transformar el toreo en un espectáculo de masas, conectando con un público nuevo, popular, que lo convirtió en leyenda.
Su infancia fue durísima. Hijo de un jornalero agrícola quedó huérfano a los tres años; su madre murió de anemia; creció en la miseria más cruda, trabajando desde niño como recolector, albañil o buscavidas. Criado en un entorno rural de posguerra por su hermana mayor, Angelita, a quien prometió "te compraré una casa o llevarás luto por mí". Supo que el toro podía ser su única salida. Carecía de padrinos, de recursos y hasta de alpargatas, pero tenía algo que el mundo taurino no estaba preparado para ver: instinto de espectáculo.
Como maletilla, toreó en dehesas y capeas, y comenzó a llamar la atención lanzándose al ruedo como espontáneo. Fue detenido varias veces. El más célebre de estos arranques fue el 15 de agosto de 1957 en Las Ventas. Allí nació el mito: un muchacho desgarbado, audaz, que se enfrentaba al toro sin red y sin escuela. Así empezó su leyenda de torero surgido del polvo, el hambre y la osadía. Su carrera profesional se consolidó en la década de 1950 toreando en plazas modestas. En 1960 actuó como novillero en Las Ventas, donde causó sensación. Finalmente, el 25 de mayo de 1963 tomó la alternativa en la Feria de Córdoba, apadrinado por Antonio Bienvenida y con Julio Aparicio como testigo. Al año siguiente, el 20 de mayo de 1964, confirmó la alternativa en Madrid con toros de Carlos Núñez. Aquella tarde fue un acontecimiento social y mediático. Revolucionó la tauromaquia con un estilo tremendista, emocional y arriesgado. Alejado del clasicismo, convirtió cada pase en un espectáculo. Fue creador de pases singulares, como el salto de la rana, donde brincaba a un lado y otro frente a la cara del toro, provocando alaridos de asombro. Su estilo no era técnico, pero sí magnético. Benítez no toreaba al uso: provocaba emociones en carne viva.
Su estética rompía con el canon: melena al viento, sonrisa de pícaro, chaquetilla abierta. Despertaba amores y odios. Llenaba plazas por cientos en España y América: México, Colombia, Venezuela, Perú. Su sola presencia garantizaba el “no hay billetes”. En 1964 lideró el escalafón taurino y repitió el logro varias veces.
Más allá del ruedo, El Cordobés fue un fenómeno cultural. Protagonizó la película Aprendiendo a morir (1962), apareció en anuncios publicitarios, y su figura fue capturada por fotógrafos como Ramón Masats. Fue un rostro del nuevo folclore español. Bajo el franquismo, su imagen sirvió de escaparate para la España desarrollista, aunque él no se definió jamás como político. También despertó recelos. Toreros como Antonio Ordóñez y sectores clásicos lo acusaron de trivializar el arte taurino, de buscar la emoción fácil. Las plazas y las tertulias se dividieron entre los defensores del arte y los defensores del pueblo. Benítez se sabía polémico, y supo usarlo a su favor.
Su primer retiro llegó en 1971, en pleno apogeo. Alegó cansancio y deseo de disfrutar de su fortuna, pero volvió en 1979, y después en los años 80, 90 e incluso en el año 2000, cuando toreó a los 64 años. En sus últimos carteles, llegó a compartir plaza con su hijo Manuel Benítez, aunque este no alcanzaría su celebridad.
Su vida sentimental fue intensa. Tuvo varias relaciones, y una de sus historias más sonadas fue la larga negativa a reconocer legalmente a su hijo, el torero Manuel Díaz. En 2016, tras años de litigio, la justicia dictaminó que sí era su padre. La imagen de ambos abrazados fue portada nacional. En 2002 fue proclamado Quinto Califa del Toreo por el Ayuntamiento de Córdoba, junto a Lagartijo, Guerrita, Machaquito y Manolete. En 2025 recibió el Premio Costillares de la Junta de Andalucía, un homenaje a su impacto innegable en la historia del toreo.
El legado de El Cordobés es único. Para unos, democratizó la fiesta; para otros, la vulgarizó. Pero nadie le discute su magnetismo y su audacia. Puso en jaque a los críticos, llevó la tauromaquia a las portadas y la convirtió en cultura de masas. Hoy, retirado en su finca de Córdoba, es memoria viva de un país que cambió con él.
Porque El Cordobés no solo fue un torero: fue un símbolo. Un gesto. Un salto de la rana en mitad del miedo. Y una sonrisa que aún, para muchos, representa la España que soñó con dejar atrás el hambre sin dejar de mirar al toro.
Manuel Benítez Pérez, conocido universalmente como El Cordobés, nació el 4 de mayo de 1936 en Palma del Río (Córdoba). Figura emblemática de la tauromaquia española y símbolo cultural de los años 60, su vida es una historia de hambre, osadía, invención y gloria. Logró transformar el toreo en un espectáculo de masas, conectando con un público nuevo, popular, que lo convirtió en leyenda.
Su infancia fue durísima. Hijo de un jornalero agrícola quedó huérfano a los tres años; su madre murió de anemia; creció en la miseria más cruda, trabajando desde niño como recolector, albañil o buscavidas. Criado en un entorno rural de posguerra por su hermana mayor, Angelita, a quien prometió "te compraré una casa o llevarás luto por mí". Supo que el toro podía ser su única salida. Carecía de padrinos, de recursos y hasta de alpargatas, pero tenía algo que el mundo taurino no estaba preparado para ver: instinto de espectáculo.
Como maletilla, toreó en dehesas y capeas, y comenzó a llamar la atención lanzándose al ruedo como espontáneo. Fue detenido varias veces. El más célebre de estos arranques fue el 15 de agosto de 1957 en Las Ventas. Allí nació el mito: un muchacho desgarbado, audaz, que se enfrentaba al toro sin red y sin escuela. Así empezó su leyenda de torero surgido del polvo, el hambre y la osadía. Su carrera profesional se consolidó en la década de 1950 toreando en plazas modestas. En 1960 actuó como novillero en Las Ventas, donde causó sensación. Finalmente, el 25 de mayo de 1963 tomó la alternativa en la Feria de Córdoba, apadrinado por Antonio Bienvenida y con Julio Aparicio como testigo. Al año siguiente, el 20 de mayo de 1964, confirmó la alternativa en Madrid con toros de Carlos Núñez. Aquella tarde fue un acontecimiento social y mediático. Revolucionó la tauromaquia con un estilo tremendista, emocional y arriesgado. Alejado del clasicismo, convirtió cada pase en un espectáculo. Fue creador de pases singulares, como el salto de la rana, donde brincaba a un lado y otro frente a la cara del toro, provocando alaridos de asombro. Su estilo no era técnico, pero sí magnético. Benítez no toreaba al uso: provocaba emociones en carne viva.
Su estética rompía con el canon: melena al viento, sonrisa de pícaro, chaquetilla abierta. Despertaba amores y odios. Llenaba plazas por cientos en España y América: México, Colombia, Venezuela, Perú. Su sola presencia garantizaba el “no hay billetes”. En 1964 lideró el escalafón taurino y repitió el logro varias veces.
Más allá del ruedo, El Cordobés fue un fenómeno cultural. Protagonizó la película Aprendiendo a morir (1962), apareció en anuncios publicitarios, y su figura fue capturada por fotógrafos como Ramón Masats. Fue un rostro del nuevo folclore español. Bajo el franquismo, su imagen sirvió de escaparate para la España desarrollista, aunque él no se definió jamás como político. También despertó recelos. Toreros como Antonio Ordóñez y sectores clásicos lo acusaron de trivializar el arte taurino, de buscar la emoción fácil. Las plazas y las tertulias se dividieron entre los defensores del arte y los defensores del pueblo. Benítez se sabía polémico, y supo usarlo a su favor.
Su primer retiro llegó en 1971, en pleno apogeo. Alegó cansancio y deseo de disfrutar de su fortuna, pero volvió en 1979, y después en los años 80, 90 e incluso en el año 2000, cuando toreó a los 64 años. En sus últimos carteles, llegó a compartir plaza con su hijo Manuel Benítez, aunque este no alcanzaría su celebridad.
Su vida sentimental fue intensa. Tuvo varias relaciones, y una de sus historias más sonadas fue la larga negativa a reconocer legalmente a su hijo, el torero Manuel Díaz. En 2016, tras años de litigio, la justicia dictaminó que sí era su padre. La imagen de ambos abrazados fue portada nacional. En 2002 fue proclamado Quinto Califa del Toreo por el Ayuntamiento de Córdoba, junto a Lagartijo, Guerrita, Machaquito y Manolete. En 2025 recibió el Premio Costillares de la Junta de Andalucía, un homenaje a su impacto innegable en la historia del toreo.
El legado de El Cordobés es único. Para unos, democratizó la fiesta; para otros, la vulgarizó. Pero nadie le discute su magnetismo y su audacia. Puso en jaque a los críticos, llevó la tauromaquia a las portadas y la convirtió en cultura de masas. Hoy, retirado en su finca de Córdoba, es memoria viva de un país que cambió con él.
Porque El Cordobés no solo fue un torero: fue un símbolo. Un gesto. Un salto de la rana en mitad del miedo. Y una sonrisa que aún, para muchos, representa la España que soñó con dejar atrás el hambre sin dejar de mirar al toro.