Ramón Casas i Carbó, entre el salón burgués, la calle y la plaza
Publicado: Mar Ene 06, 2026 12:16 am
Ramón Casas i Carbó, entre el salón burgués, la calle y la plaza
Ramón Casas i Carbó (Barcelona, 1866–1932) fue una de las figuras decisivas del arte español de entresiglos y uno de los grandes nombres del modernismo catalán. Pintor, dibujante y cartelista, supo retratar como pocos la transformación de una sociedad que entraba en la modernidad con una mezcla de elegancia, conflicto y espectáculo. Su obra no solo fijó rostros: construyó una manera de mirar la ciudad, la multitud y el tiempo que le tocó vivir.
Nació en el seno de una familia acomodada, circunstancia que le permitió orientarse muy pronto hacia la pintura sin las urgencias materiales que marcaron a otros artistas de su generación. Abandonó los estudios generales siendo aún niño para formarse en talleres de Barcelona, y con apenas quince años viajó por primera vez a París, ciudad que marcaría su sensibilidad para siempre. Allí entró en contacto con una pintura directa, moderna, atenta al gesto y a la vida cotidiana, y comprendió que el arte podía dialogar con la calle sin perder exigencia.
A mediados de la década de 1880 completó su formación con estancias en Madrid, donde estudió con detenimiento a los grandes maestros españoles. La lección de Velázquez y Goya dejó una huella profunda: el gusto por la sobriedad, la importancia del dibujo, la capacidad de convertir una escena colectiva en una imagen cargada de sentido. Desde entonces, Casas supo unir tradición y modernidad sin estridencias, con una naturalidad que se convirtió en su mayor virtud.
Ramón Casas i Carbó Su carrera despegó pronto. Expuso dentro y fuera de España, alternó largas temporadas entre Barcelona y París, y fue consolidando una reputación que traspasó fronteras. A finales del siglo XIX ya era un artista reconocido, capaz de moverse con la misma solvencia entre el gran lienzo, el retrato íntimo y la imagen gráfica destinada al gran público.
Un papel esencial en su trayectoria lo desempeñó su amistad con Santiago Rusiñol. Juntos viajaron, compartieron inquietudes y ayudaron a definir una nueva sensibilidad artística en Cataluña. Ese impulso cristalizó en la creación de Els Quatre Gats, el célebre café barcelonés fundado en 1897 junto a Miquel Utrillo y Pere Romeu, que se convirtió en centro neurálgico de la vida cultural modernista. Allí convivían pintura, literatura, música y debate, y allí Casas ejerció como referente natural de una generación.
Ramon Casas Carbó Júlia en granate En paralelo, desarrolló una intensa actividad como cartelista e ilustrador. Supo entender antes que muchos que la imagen impresa era uno de los grandes lenguajes del nuevo siglo. Sus carteles, de líneas claras y composición elegante, ayudaron a definir la identidad visual de la Barcelona moderna y contribuyeron decisivamente a su fama popular.
Entrada a la plaza de toros Ramón Casas La tauromaquia en la obra de Ramón Casas
Dentro de ese interés por la vida pública y los grandes rituales colectivos, la tauromaquia ocupó un lugar significativo, especialmente en sus años de juventud. Casas no se acercó al mundo de los toros desde el folclore ni desde el dramatismo exagerado, sino como quien observa un fenómeno social de primer orden. La plaza le ofrecía lo que más le atraía: multitud, tensión, luz, arquitectura humana.
En obras tempranas como Corrida de toros o Toros (Caballos muertos), pintadas en la década de 1880, el foco no está tanto en el héroe individual como en el conjunto. El ruedo aparece como escenario de fuerzas contrapuestas: el animal, los caballos, el público, el calor, el polvo. Casas capta la atmósfera de la corrida con una mirada moderna, casi analítica, heredera tanto de la pintura española como de las lecciones aprendidas en París.
Ramón Casas y Carbó plaza de toros Su interés por la tauromaquia se extendió también al ámbito gráfico. En 1900 realizó el cartel para la inauguración de la plaza de toros de Las Arenas de Barcelona, un encargo que confirma hasta qué punto su lenguaje visual era considerado idóneo para representar un espectáculo de masas. En ese cartel, como en sus pinturas, la fiesta aparece depurada de anécdota y convertida en imagen sintética, reconocible, poderosa.
Más adelante, lo taurino reaparece de forma simbólica en algunos retratos, especialmente en los dedicados a Júlia Peraire. En cuadros como Julia, Casas utiliza elementos del imaginario taurino —mantilla, flores, actitud— no para describir una corrida, sino para construir un carácter, una presencia femenina cargada de identidad y teatralidad. Es la tauromaquia entendida como estética y como código cultural.
Ramón Casas i Carbó Toros caballos muertos En su madurez, Casas se consolidó como retratista de la alta sociedad, sin abandonar las escenas colectivas y sociales que le habían dado personalidad. Obras como La carga muestran su capacidad para convertir un conflicto contemporáneo en una imagen de fuerte impacto visual, donde la multitud vuelve a ser protagonista.
Su vida personal estuvo marcada por su relación con Júlia Peraire, musa y compañera durante años, con quien finalmente se casó en 1922. En sus últimos años, aunque su estilo quedó al margen de las vanguardias más radicales, mantuvo prestigio y reconocimiento. Murió en Barcelona en 1932, dejando una obra que sigue siendo una de las miradas más lúcidas y elegantes sobre la España y la Cataluña de fin de siglo.
Ramón Casas i Carbó (Barcelona, 1866–1932) fue una de las figuras decisivas del arte español de entresiglos y uno de los grandes nombres del modernismo catalán. Pintor, dibujante y cartelista, supo retratar como pocos la transformación de una sociedad que entraba en la modernidad con una mezcla de elegancia, conflicto y espectáculo. Su obra no solo fijó rostros: construyó una manera de mirar la ciudad, la multitud y el tiempo que le tocó vivir.
Nació en el seno de una familia acomodada, circunstancia que le permitió orientarse muy pronto hacia la pintura sin las urgencias materiales que marcaron a otros artistas de su generación. Abandonó los estudios generales siendo aún niño para formarse en talleres de Barcelona, y con apenas quince años viajó por primera vez a París, ciudad que marcaría su sensibilidad para siempre. Allí entró en contacto con una pintura directa, moderna, atenta al gesto y a la vida cotidiana, y comprendió que el arte podía dialogar con la calle sin perder exigencia.
A mediados de la década de 1880 completó su formación con estancias en Madrid, donde estudió con detenimiento a los grandes maestros españoles. La lección de Velázquez y Goya dejó una huella profunda: el gusto por la sobriedad, la importancia del dibujo, la capacidad de convertir una escena colectiva en una imagen cargada de sentido. Desde entonces, Casas supo unir tradición y modernidad sin estridencias, con una naturalidad que se convirtió en su mayor virtud.
Ramón Casas i Carbó Su carrera despegó pronto. Expuso dentro y fuera de España, alternó largas temporadas entre Barcelona y París, y fue consolidando una reputación que traspasó fronteras. A finales del siglo XIX ya era un artista reconocido, capaz de moverse con la misma solvencia entre el gran lienzo, el retrato íntimo y la imagen gráfica destinada al gran público.
Un papel esencial en su trayectoria lo desempeñó su amistad con Santiago Rusiñol. Juntos viajaron, compartieron inquietudes y ayudaron a definir una nueva sensibilidad artística en Cataluña. Ese impulso cristalizó en la creación de Els Quatre Gats, el célebre café barcelonés fundado en 1897 junto a Miquel Utrillo y Pere Romeu, que se convirtió en centro neurálgico de la vida cultural modernista. Allí convivían pintura, literatura, música y debate, y allí Casas ejerció como referente natural de una generación.
Ramon Casas Carbó Júlia en granate En paralelo, desarrolló una intensa actividad como cartelista e ilustrador. Supo entender antes que muchos que la imagen impresa era uno de los grandes lenguajes del nuevo siglo. Sus carteles, de líneas claras y composición elegante, ayudaron a definir la identidad visual de la Barcelona moderna y contribuyeron decisivamente a su fama popular.
Entrada a la plaza de toros Ramón Casas La tauromaquia en la obra de Ramón Casas
Dentro de ese interés por la vida pública y los grandes rituales colectivos, la tauromaquia ocupó un lugar significativo, especialmente en sus años de juventud. Casas no se acercó al mundo de los toros desde el folclore ni desde el dramatismo exagerado, sino como quien observa un fenómeno social de primer orden. La plaza le ofrecía lo que más le atraía: multitud, tensión, luz, arquitectura humana.
En obras tempranas como Corrida de toros o Toros (Caballos muertos), pintadas en la década de 1880, el foco no está tanto en el héroe individual como en el conjunto. El ruedo aparece como escenario de fuerzas contrapuestas: el animal, los caballos, el público, el calor, el polvo. Casas capta la atmósfera de la corrida con una mirada moderna, casi analítica, heredera tanto de la pintura española como de las lecciones aprendidas en París.
Ramón Casas y Carbó plaza de toros Su interés por la tauromaquia se extendió también al ámbito gráfico. En 1900 realizó el cartel para la inauguración de la plaza de toros de Las Arenas de Barcelona, un encargo que confirma hasta qué punto su lenguaje visual era considerado idóneo para representar un espectáculo de masas. En ese cartel, como en sus pinturas, la fiesta aparece depurada de anécdota y convertida en imagen sintética, reconocible, poderosa.
Más adelante, lo taurino reaparece de forma simbólica en algunos retratos, especialmente en los dedicados a Júlia Peraire. En cuadros como Julia, Casas utiliza elementos del imaginario taurino —mantilla, flores, actitud— no para describir una corrida, sino para construir un carácter, una presencia femenina cargada de identidad y teatralidad. Es la tauromaquia entendida como estética y como código cultural.
Ramón Casas i Carbó Toros caballos muertos En su madurez, Casas se consolidó como retratista de la alta sociedad, sin abandonar las escenas colectivas y sociales que le habían dado personalidad. Obras como La carga muestran su capacidad para convertir un conflicto contemporáneo en una imagen de fuerte impacto visual, donde la multitud vuelve a ser protagonista.
Su vida personal estuvo marcada por su relación con Júlia Peraire, musa y compañera durante años, con quien finalmente se casó en 1922. En sus últimos años, aunque su estilo quedó al margen de las vanguardias más radicales, mantuvo prestigio y reconocimiento. Murió en Barcelona en 1932, dejando una obra que sigue siendo una de las miradas más lúcidas y elegantes sobre la España y la Cataluña de fin de siglo.