La corrida rota: Deslío, Fetén y la tragedia de Madrid el 20 de mayo de 2014
El 20 de mayo de 2014 quedó escrito como una de las tardes más dramáticas de la historia reciente de San Isidro. En el ruedo de Las Ventas solo llegaron a lidiarse dos toros de El Ventorrillo: Deslío y Fetén. Bastaron ellos para vaciar el cartel y obligar a la suspensión de la corrida.
La tragedia se abrió de golpe, sin tiempo siquiera para que la tarde tomara cuerpo. David Mora recibió a Deslío a porta gayola y el toro lo prendió de manera brutal nada más salir. La cornada alcanzó la femoral y convirtió el ruedo en una escena de angustia. El torero fue llevado con urgencia a la enfermería mientras la plaza quedaba sobrecogida.
Después salió Fetén, también de El Ventorrillo. Antonio Nazaré resultó lesionado por un fuerte golpe en la rodilla, percance que le impidió continuar la lidia. No fue una cornada, sino una lesión traumática suficiente para dejarlo fuera de combate.
Jiménez Fortes quedó entonces como único espada en condiciones de seguir. Asumió la lidia de Fetén y llegó hasta la suerte suprema. Al entrar a matar, el toro lo prendió con violencia y le infirió una cornada de dos trayectorias. Con Mora, Nazaré y Fortes en la enfermería, la presidencia no tuvo alternativa: la corrida quedó suspendida.
Madrid asistía así a una de esas tardes en las que el toreo se desnuda hasta su verdad más dura. Deslío y Fetén quedaron desde entonces unidos a una página negra de Las Ventas: dos toros, tres toreros fuera de combate y una plaza en silencio.
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Re: La corrida rota: Deslío, Fetén y la tragedia de Madrid el 20 de mayo de 2014
Dos corridas fueron suspendidas en mayo de 1979 por el mismo motivo: los tres espadas resultaron heridos y ambos acontecimientos se suspendieron.
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26 de mayo de 1979: el toro que sembró el caos en la plaza de Madrid
26 de mayo de 1979: el toro que sembró el caos en la plaza de Madrid
El 26 de mayo de 1979 quedó grabado en la memoria de Las Ventas como una de las tardes más dramáticas jamás vividas en el coso madrileño. El cartel reunía a Rafael de Paula, Manolo Cortés y Ruiz Miguel, frente a toros de las ganaderías de El Torero y Juan Andrés Garzón. La corrida avanzaba entre tensión y dificultades hasta que apareció el cuarto toro, un animal que terminaría convirtiendo la tarde en una auténtica pesadilla colectiva.
Todo ocurrió en apenas unos minutos. Rafael de Paula, figura irrepetible del toreo y uno de los diestros más personales de su época, fue cogido de manera aparatosa y trasladado a la enfermería con pronóstico reservado. Manolo Cortés, que ya comparecía resentido físicamente antes del paseíllo, también cayó herido al intentar hacerse cargo de la situación. Ruiz Miguel, conocido por su firmeza ante los toros más duros, recibió otra cogida de gravedad intentando someter al animal en medio de un ruedo completamente descompuesto.
El desconcierto fue absoluto. Subalternos, cuadrillas y monosabios corrían de un lado a otro mientras el toro seguía sembrando el pánico en la arena. En medio de aquel caos surgió una escena insólita que terminó formando parte de la leyenda negra de la plaza: un espontáneo apodado El Lobo saltó al ruedo para intentar ayudar a rematar al toro. La imagen del espontáneo frente al animal, con la corrida rota y los tres matadores heridos, simbolizó mejor que ninguna otra el colapso total de aquella tarde.
Sin espadas útiles para continuar el festejo y con los tres toreros atendidos en la enfermería, la autoridad no tuvo más remedio que decretar la suspensión de la corrida. El público abandonó lentamente los tendidos entre el silencio y la conmoción, consciente de haber presenciado uno de esos episodios excepcionales que quedan marcados para siempre en la historia taurina de Madrid. Durante décadas, aquella tarde de mayo de 1979 sería recordada como el ejemplo más extremo del peligro real que encierra el toreo y del hilo invisible que separa la gloria del desastre.
El 26 de mayo de 1979 quedó grabado en la memoria de Las Ventas como una de las tardes más dramáticas jamás vividas en el coso madrileño. El cartel reunía a Rafael de Paula, Manolo Cortés y Ruiz Miguel, frente a toros de las ganaderías de El Torero y Juan Andrés Garzón. La corrida avanzaba entre tensión y dificultades hasta que apareció el cuarto toro, un animal que terminaría convirtiendo la tarde en una auténtica pesadilla colectiva.
Todo ocurrió en apenas unos minutos. Rafael de Paula, figura irrepetible del toreo y uno de los diestros más personales de su época, fue cogido de manera aparatosa y trasladado a la enfermería con pronóstico reservado. Manolo Cortés, que ya comparecía resentido físicamente antes del paseíllo, también cayó herido al intentar hacerse cargo de la situación. Ruiz Miguel, conocido por su firmeza ante los toros más duros, recibió otra cogida de gravedad intentando someter al animal en medio de un ruedo completamente descompuesto.
El desconcierto fue absoluto. Subalternos, cuadrillas y monosabios corrían de un lado a otro mientras el toro seguía sembrando el pánico en la arena. En medio de aquel caos surgió una escena insólita que terminó formando parte de la leyenda negra de la plaza: un espontáneo apodado El Lobo saltó al ruedo para intentar ayudar a rematar al toro. La imagen del espontáneo frente al animal, con la corrida rota y los tres matadores heridos, simbolizó mejor que ninguna otra el colapso total de aquella tarde.
Sin espadas útiles para continuar el festejo y con los tres toreros atendidos en la enfermería, la autoridad no tuvo más remedio que decretar la suspensión de la corrida. El público abandonó lentamente los tendidos entre el silencio y la conmoción, consciente de haber presenciado uno de esos episodios excepcionales que quedan marcados para siempre en la historia taurina de Madrid. Durante décadas, aquella tarde de mayo de 1979 sería recordada como el ejemplo más extremo del peligro real que encierra el toreo y del hilo invisible que separa la gloria del desastre.
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Re: La corrida rota: Deslío, Fetén y la tragedia de Madrid el 20 de mayo de 2014
La tragedia vuelve a la arena por triplicado solo dos días después
El 28 de mayo de 1979, la Plaza de Toros de Las Ventas volvió a sufrir una de las tardes más dramáticas de su historia moderna. El cartel reunía a Paco Alcalde, José Ortega Cano y Pedro Fernández “Niño de Aranjuez” frente a toros de Victorino Martín y El Torero. La corrida comenzó con un ambiente de expectación por la presencia de los victorinos. Además, el drama estaba en el ambiente: solo dos días antes la corrida debió ser suspendida porque los tres matadores cayeron en la arena víctimas de los toros.
El 22 de mayo parecía un día marcado porque desde muy pronto derivó en tragedia. Paco Alcalde cayó herido de gravedad en los primeros compases del acontecimiento taurino y tuvo que ser trasladado a la enfermería entre escenas de enorme tensión en los tendidos.
La situación empeoró cuando Ortega Cano también sufrió una grave cogida. El joven torero cartagenero, que apenas empezaba a abrirse paso en Madrid, fue alcanzado violentamente por uno de los toros de Victorino Martín. Mientras los médicos trabajaban contrarreloj en la enfermería, el festejo continuó de manera angustiosa hasta que el tercero de la tarde, perteneciente a la ganadería de El Torero, hirió igualmente al Niño de Aranjuez. A esas alturas, los tres espadas del cartel estaban fuera de combate y el ruedo quedó sumido en el desconcierto.
La autoridad no tuvo más remedio que ordenar la suspensión definitiva del espectáculo, un hecho extraordinariamente raro en San Isidro y que convirtió aquella jornada en una fecha negra del toreo madrileño. El episodio quedó grabado en la memoria colectiva de la afición porque en apenas unos días Madrid había vivido dos corridas suspendidas por cogidas de todos los actuantes, algo prácticamente irrepetible. Décadas después, aquella tarde de 1979 sigue evocándose como símbolo de la dureza del toro encastado y del riesgo extremo que acompañaba a ciertas corridas de finales de los años setenta.
El 28 de mayo de 1979, la Plaza de Toros de Las Ventas volvió a sufrir una de las tardes más dramáticas de su historia moderna. El cartel reunía a Paco Alcalde, José Ortega Cano y Pedro Fernández “Niño de Aranjuez” frente a toros de Victorino Martín y El Torero. La corrida comenzó con un ambiente de expectación por la presencia de los victorinos. Además, el drama estaba en el ambiente: solo dos días antes la corrida debió ser suspendida porque los tres matadores cayeron en la arena víctimas de los toros.
El 22 de mayo parecía un día marcado porque desde muy pronto derivó en tragedia. Paco Alcalde cayó herido de gravedad en los primeros compases del acontecimiento taurino y tuvo que ser trasladado a la enfermería entre escenas de enorme tensión en los tendidos.
La situación empeoró cuando Ortega Cano también sufrió una grave cogida. El joven torero cartagenero, que apenas empezaba a abrirse paso en Madrid, fue alcanzado violentamente por uno de los toros de Victorino Martín. Mientras los médicos trabajaban contrarreloj en la enfermería, el festejo continuó de manera angustiosa hasta que el tercero de la tarde, perteneciente a la ganadería de El Torero, hirió igualmente al Niño de Aranjuez. A esas alturas, los tres espadas del cartel estaban fuera de combate y el ruedo quedó sumido en el desconcierto.
La autoridad no tuvo más remedio que ordenar la suspensión definitiva del espectáculo, un hecho extraordinariamente raro en San Isidro y que convirtió aquella jornada en una fecha negra del toreo madrileño. El episodio quedó grabado en la memoria colectiva de la afición porque en apenas unos días Madrid había vivido dos corridas suspendidas por cogidas de todos los actuantes, algo prácticamente irrepetible. Décadas después, aquella tarde de 1979 sigue evocándose como símbolo de la dureza del toro encastado y del riesgo extremo que acompañaba a ciertas corridas de finales de los años setenta.
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