Antonio Ordóñez: clasicismo, rivalidad y gloria en la edad de oro del toreo
Antonio Ordóñez Araujo (Ronda, 16 de febrero de 1932 – Sevilla, 19 de diciembre de 1998) no fue un torero más en el siglo XX: fue un canon. En una época de estilos enfrentados, su tauromaquia sostuvo una idea clásica del toreo: temple, medida, mando sin aspavientos; idea que lo elevó a símbolo cultural dentro y fuera de España.
Nació en el corazón de una estirpe. Su padre fue Cayetano Ordóñez “El Niño de la Palma”, nombre mayor del toreo de los años veinte; su madre, Consuelo Reyes, actriz. En casa, el toro convivía con la conversación artística, y esa mezcla —albero y cultura— acabaría marcando la proyección pública del torero rondeño.
Su debut con traje de luces llegó muy pronto: 29 de junio de 1948, en Haro, anunciado como “Antoñito Ordóñez Niño de la Palma IV”. Aquel dato dice mucho: no se presentaba como promesa anónima, sino como heredero; y, al mismo tiempo, como alguien obligado a justificar cada tarde el apellido.
Los primeros años fueron de aprendizaje real, de kilómetros y de disciplina. Ordóñez se fue curtiendo hasta construir un sello: serenidad por fuera y exigencia por dentro. Muy pronto su nombre dejó de ser “el hijo de” para convertirse en una expectativa propia, con un capote que empezaba a llamar la atención por su manera de mandar sin gritar.
La alternativa fue el aldabonazo: 28 de junio de 1951, Madrid (Las Ventas), con Julio Aparicio de padrino y Litri de testigo, en una corrida benéfica. A partir de ahí, el rondeño entró en la primera línea con una mezcla rara: prestigio de plaza grande y cartel de figura.
En los años siguientes, Ordóñez encabezó el escalafón en 1952 y volvería a hacerlo en 1959, el año que terminó convertido en literatura. El público veía un torero de formas medidas, pero el oficio sabía que esa contención costaba: torear despacio no es torear fácil.
Madrid, la plaza que no regala nada
Madrid le exigió lo que exige a los suyos: verdad sin maquillaje. Entre sus tardes más recordadas aparece el 17 de mayo de 1960, cuando firmó una faena de enorme relieve a “Bibilarga” (Atanasio Fernández), con dos orejas.
Su relación con Las Ventas quedó sellada también por un dato que resume jerarquía: cinco Puertas Grandes (según recuentos taurinos de referencia divulgativa).
Barcelona, México, Francia y Colombia
Barcelona fue plaza determinante en su época: allí se consagraban toreros y se discutían reinados. Ordóñez sostuvo cartel y prestigio en la Monumental como figura de estilo clásico, en un tiempo en el que la ciudad era capital taurina de primera magnitud.
En México dejó una fecha de esas que se subrayan con tinta roja: 9 de diciembre de 1956, en El Toreo de Cuatro Caminos, gran faena a “Cascabel” (San Mateo), con orejas y rabo. México lo entendió: el temple tiene idioma propio.
En Francia fue más que torero: fue figura cultural. El reconocimiento culminó con la Legión de Honor, concedida en septiembre de 1995 por su contribución a las relaciones hispano-francesas.
Y en el circuito americano, además de México, sobresale el Escapulario de Oro en la plaza de Acho, Lima en 1962, una distinción que lo sitúa en el rango continental de los grandes. En Colombia, donde fue ampliamente conocido, su nombre quedó asociado a la presencia de las grandes figuras españolas en las ferias del país.
Rivalidad: el “verano” que se volvió mito
La rivalidad con Luis Miguel Dominguín fue el gran duelo de época, dentro y fuera de los ruedos. No solo por lo taurino: también por el contexto familiar —Ordóñez se casó con Carmina Dominguín— y porque aquel pulso terminó convertido en relato célebre gracias a Hemingway.
En ese choque de estilos, Dominguín representaba el torero de poder mediático y carácter dominador; Ordóñez, el clasicismo severo que busca convencer más que deslumbrar. Esa tensión elevó el interés del público y dejó una huella que todavía se cita como una de las grandes temporadas “de novela”.
Causas benéficas y compromisos
Su propia alternativa se celebró en el marco de un festejo benéfico, y su biografía se completa con una dimensión menos publicitada pero muy real: su relación con hermandades y donaciones vinculadas a la Sevilla cofrade.
Consta, por ejemplo, la donación de trajes de luces a la Hermandad del Baratillo para confeccionar una saya, en una tradición de vínculo entre toreros y corporaciones sevillanas. Y su papel institucional fue notable: fue Hermano Mayor de la Esperanza de Triana entre 1973 y 1979, un cargo de fuerte significado social en Sevilla.
Reconocimientos finales y despedida
A Ordóñez se le concedió en 1996 la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, un reconocimiento civil que lo colocó explícitamente en el terreno de la creación artística.
Murió en Sevilla el 19 de diciembre de 1998. Meses antes dejó una frase que se ha vuelto epitafio: En este toro no hay sobrero. Sus cenizas fueron enterradas en el albero de la plaza de toros de Ronda y, según su voluntad, también en la Camarga francesa.
Antonio Ordóñez: el torero como anfitrión cultural
Ordóñez fue un torero con vida social de personaje central. No solo por glamour: por gravedad. La palabra “Ronda” dejó de ser un decorado pintoresco y se convirtió —en parte gracias a él— en un lugar con mitología viva, una ciudad donde el toreo se contaba con acento literario.
La amistad con Ernest Hemingway fue una llave maestra. El escritor conoció a su padre y Antonio prolongó el vínculo hasta tratarlo desde la infancia con familiaridad: “Papá Ernesto”, recoge la biografía divulgativa. Hemingway no solo miraba al torero: miraba a España a través de él, y por eso aquel duelo con Dominguín tuvo eco mundial.
La otra amistad con eco cinematográfico fue Orson Welles. La relación fue tan estrecha que las cenizas de Welles descansan desde 1987 en la finca El Recreo, propiedad de Ordóñez, un gesto que no se explica por pose, sino por ligazón personal. Ese detalle resume un rasgo del personaje: su casa como refugio de artistas, su conversación como puente, su figura como símbolo.
En Sevilla, su presencia no fue la del torero retirado que se apaga: fue la del hombre que sigue mandando en lo social sin levantar la voz. Su papel como Hermano Mayor de la Esperanza de Triana lo colocó en el centro de un tejido ciudadano —devoción, tradición y vida pública— donde no se llega por fama, sino por reconocimiento de los propios.
Su vida familiar también lo convirtió en apellido de actualidad durante décadas. Se casó con Carmina Dominguín en 1953, unión de dinastías taurinas, y más tarde contrajo segundas nupcias. Y su condición de patriarca de saga —con nietos toreros— reforzó la idea de continuidad: Ordóñez no fue solo una biografía, fue una línea de sangre taurina.
En suma, su vida social no fue un “extra”: fue parte del personaje. Ordóñez supo moverse entre plaza y salón sin perder la verticalidad. Si en el ruedo defendía el clasicismo, fuera defendía una idea de España cultural que resultaba comprensible para un Nobel y para un cineasta.
Antonio Ordóñez dejó una carrera marcada por hitos verificables —alternativa en Las Ventas (1951), liderazgo del escalafón (1952 y 1959), tardes mayores como “Bibilarga” (1960), el rabo a “Cascabel” en México (1956), el Escapulario de Acho (1962), la Legión de Honor (1995) y la Medalla de Oro de Bellas Artes (1996)— y por algo más difícil de fechar: la sensación de que, cuando él toreaba, el toreo recuperaba su forma antigua de verdad.
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