La militancia taurina de Pablo Picasso: bofetada a Franco y defensa de la cultura
Solemos escuchar acusaciones de todo tipo contra Francisco Franco, incluida una supuesta afición a los toros. Más que aficionado, Franco fue un político astuto: sabía que dejándose ver donde había multitudes, como en las plazas, su figura crecía. La imagen pública primaba sobre cualquier inclinación personal.
No se le conocen intereses culturales o artísticos relevantes; sus aficiones reconocidas fueron la pesca y la caza. Su presencia en los toros respondía más a una estrategia de visibilidad y propaganda que a una verdadera relación con la dimensión cultural de la tauromaquia.
Frente a esa apropiación simbólica del espectáculo por parte del régimen, destaca la figura de Pablo Picasso. En el sur de Francia, con su asistencia habitual a las corridas, el pintor devolvía la fiesta al plano cultural y artístico, alejándola de cualquier lectura franquista y reafirmándola como expresión estética y patrimonio compartido.
Picasso acudía a los toros acompañado por intelectuales y artistas de proyección internacional. Mientras la prensa española apenas recogía estas actividades, los periódicos del sur francés —de Burdeos a Marsella— y también la prensa y los magazines parisinos se hacían eco de su presencia en ciudades con importantes plazas taurinas, situando la fiesta en un marco cultural europeo y cosmopolita.
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