La España de máscaras, tabernas y toros según Solana
José Romano Gutiérrez-Solana y Gutiérrez-Solana nació en Madrid el 28 de febrero de 1886 y murió en la misma ciudad el 24 de junio de 1945. La fecha —Carnaval— no es un adorno: en su mundo, la máscara no es fiesta, es advertencia. Con los años, amigos y cronistas volverían una y otra vez a esa coincidencia, como si el calendario le hubiese dejado ya escrita la clave: debajo del disfraz está lo verdadero, y lo verdadero a veces asusta.
José Gutiérrez Solana
Una familia montañesa y dos patrias: Madrid y Santander
Su biografía se entiende en una línea recta que va de Madrid a Santander y regresa, con desvíos por media España. Su familia, de origen cántabro, le dio una base material razonable y una raíz emocional que aparece de forma insistente: la “Montaña”, los pueblos, los apellidos y esa manera norteña de mirar sin excesos. La infancia y primera juventud alternaron temporadas, ambientes y temperamentos: el barrio y el café madrileños, y el Cantábrico con su vida popular, sus procesiones y sus costumbres menos “de escaparate”.
José Gutiérrez Solana, posado
Formación: San Fernando y el Prado como segunda escuela
Entre 1900 y 1904 estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Pero su verdadera academia fue otra: el Museo del Prado, mirado con hambre y con tiempo, como quien aprende un oficio antiguo. En su paleta—tierras, negros, rojos gastados—se adivinan conversaciones largas con Goya y con el tenebrismo español; y en su modo de cargar materia se aprecia una voluntad de “hacer cuerpo” la pintura, como si cada figura hubiese sido modelada más que dibujada.
Jose Gutierrez solana Capea en Ronda Colección Godia
El viajero de tercera clase: España como cuaderno de campo
En los años en que otros buscaban modernidad en el extranjero, Solana se volvió caminante doméstico. Recorrió las dos Castillas, La Mancha, Aragón, Andalucía; pasó por pueblos y ferias; apuntó rostros, trajes, lutos, tabernas, hospitales, carnavales. Ese método —ver, tomar nota, volver al estudio y reconstruir— explica por qué su obra funciona como crónica. Su pintura no “compone” un país ideal: lo registra, y lo registra con una exageración expresiva que no es caricatura gratuita, sino énfasis moral.
Plaza de las Ventas. Obra de José Gutiérrez Solana
El café como teatro nacional: Pombo
En Madrid, los cafés fueron una institución. El suyo, por excelencia, fue el Café de Pombo. Allí orbitó en torno a Ramón Gómez de la Serna y su tertulia, y de ahí salió uno de los lienzos icónicos del siglo: La tertulia del Café de Pombo (1920), hoy pieza central del Museo Reina Sofía. Ese cuadro no solo retrata a un grupo: fija un clima intelectual, una época, un modo de vivir la cultura como conversación interminable.
Coristas o Las chicas de la Claudia
Pintor y escritor: dos herramientas para una misma “España”
Su obra literaria no es un apéndice: acompaña y explica. Publicó Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918), La España negra (1920), Madrid callejero (1923) y otros títulos que funcionan como rutas, estampas y fogonazos de observación. Es el mismo gesto que en los óleos: mirar lo popular sin dulcificarlo, y dejar constancia.
Cupletistas de pueblo José Solana
Estilo y relevancia: “lo solanesco”
Se le ha llamado el pintor de la España negra, etiqueta discutible si se toma como eslogan, pero útil si se entiende como un territorio estético: lo marginal, lo grotesco, lo ritual, lo oscuro, lo que el país prefería no poner en el salón. Su pincelada es espesa, la figura se deforma, los rostros se tensan. A diferencia de la deformación amable o humorística, en Solana la deformación duele: es una manera de decir que la realidad ya venía torcida de fábrica.
El Arrastre José Gutiérrez Solana hacia 1936
Museos, colecciones y huella pública
La prueba de su peso está en dónde se conserva. El Museo Reina Sofía reúne un conjunto muy significativo y mantiene visibles obras clave; además custodia el Archivo José Gutiérrez-Solana, adquirido en 1999, con manuscritos, fotografías y materiales de trabajo —incluidos los llamados “cuadernos de París”— que permiten seguir su vida con lupa.
Su presencia se extiende a colecciones y museos españoles e internacionales: y en el campo taurino, destaca el papel de entidades como la Colección Banco Santander con piezas esenciales de su universo.
El Lechuga de Gutiérrez Solana
Su obra taurina I: la corrida como drama real
La tauromaquia, en Solana, no es postal. Es estructura trágica. Pintó toros y toreros como pintó procesiones o velatorios: como escenarios donde una comunidad se mira a sí misma. En sus escenas taurinas el brillo existe, sí, pero siempre con una pátina: el oro parece viejo, el rojo parece sangre ya seca, el público parece una masa con hambre de rito.
José Gutierrez Solana Bodegón con jamón
Su obra taurina II: el artista que se metió “hasta la cocina”
No fue un observador distante. En 1909, durante un viaje por tierras cordobesas, conoció al novillero Bombé; impresionado por su conocimiento del mundo del toro, lo invitó a unirse a su cuadrilla. El episodio tiene algo de escena solanesca: el pintor se viste de luces, da algunos pases y acaba embestido, retirado a la carrera. La anécdota, más que heroica, lo retrata: curiosidad sin freno, atracción por el peligro y una forma visceral de aprender.
Gutiérrez Solana El Lechuga y su cuadrilla, 1917.Colección Grupo Santander
Su obra taurina III: “El Lechuga” y la épica del anónimo
Si hay un personaje que resume su tauromaquia, es Isidoro Cosío, apodado El Lechuga. Solana lo inmortalizó en El Lechuga y su cuadrilla, cuadro comenzado en Santander entre 1915 y 1917 y concluido en Madrid. La ficha de la Fundación Banco Santander conserva el dato delicioso: se sabía de memoria una tauromaquia “de libro” y llegó incluso a torear con el gato de su casa, como quien ensaya la valentía en el pasillo antes de salir a la calle.
El contraste es puro Solana: el cuadro lo muestra entero, casi rotundo, y sin embargo su leyenda está hecha de afición, precariedad y esa mezcla española de orgullo y fracaso.
Jose Gutierrez Solana El constructor de caretas
Su obra taurina IV: Sepúlveda, la violencia del instante
En 1923 pintó Corrida de toros en Sepúlveda, una de sus obras taurinas mayores. Elige el lance más violento: la vara, la sangre, el caballo herido. Y lo hace con un sentido casi “documental”, sin el filtro de la estética fácil. El propio museo que conserva la obra recuerda un detalle crucial: Solana la envió a la Bienal de Venecia de 1924, señal de que la consideraba pieza fuerte dentro de su producción.
José Solana Corrida de toros en Chinchón
Cierre: un testigo incómodo que terminó siendo imprescindible
Cuando hoy uno entra en el Reina Sofía y se planta ante La tertulia del Café de Pombo, lo que ve no es solo un cuadro: ve una forma de país. Y cuando mira sus toros, entiende que el pintor no buscaba “tema taurino”, sino una verdad con estructura de tragedia. José Gutiérrez-Solana dejó un archivo, una obra y una manera de mirar que siguen vigentes porque no tranquilizan. Dan noticia. Y eso, al final, es lo que hace un cronista de verdad.
José Solana Máscaras con burro 1936
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