El pintor soviético que convirtió a Lorca, Cristo y el toro en un tríptico universal
Andrei Andréievich Mylnikov nació el 22 de febrero de 1919 en Pokrovsk, hoy Engels, en la región rusa de Sarátov, junto al Volga. Aquella geografía de río ancho, estepa y cielos interminables no fue un simple dato de partida: en la pintura de Mylnikov quedó para siempre una respiración amplia, una luz melancólica, casi de frontera. Murió el 16 de mayo de 2012 en San Petersburgo, la antigua Leningrado, ciudad que lo formó, lo consagró y lo convirtió en una autoridad artística de primer orden.
Andrei Andréievich Mylnikov Pintor soviético
Su infancia no tuvo comodidad de leyenda. Su padre, Andréi Konstantínovich Mylnikov, ingeniero, murió antes de que él pudiera conocerlo; su madre, Vera Nikoláievna, sacó adelante al hijo en años de penuria. En 1930, madre e hijo marcharon primero a Moscú y después a Leningrado. Allí, el muchacho que había nacido a orillas del Volga encontró su verdadera patria: la escuela rusa de pintura.
Andrei Andréievich Mylnikov, escuela ruso soviética
En 1937 ingresó en el Instituto de Pintura, Escultura y Arquitectura Iliá Repin. Al principio estudió arquitectura, pero la pintura pudo más. Entre sus maestros figuraron Ígor Grabar y Víktor Oreshnikov, nombres esenciales para entender la continuidad entre el gran realismo ruso, la tradición académica y la pintura soviética del siglo XX. Aquella formación explica mucho: Mylnikov nunca fue un improvisador, sino un artista de estructura, composición y oficio.
Andrei Andréievich Mylnikov Estatua de una mujer como pilar
La guerra le dio el golpe decisivo. Durante la invasión alemana, participó en la defensa de Leningrado y sufrió el bloqueo de la ciudad. En febrero de 1942 fue evacuado a Samarcanda, en estado de extrema debilidad. Ese paso por la guerra y por Asia Central no fue una nota de expediente: le dejó una conciencia trágica que después aparecería en obras como La despedida y en la gravedad moral de muchas de sus figuras.
Andrei Andréievich Mylnikov En los campos apacibles. 1950 Premio de la USSR 1951
En 1946 se graduó con El juramento de los marineros bálticos, obra que llamó la atención por su aliento monumental. Poco después, con En los campos de paz, recibió el Premio Stalin de tercer grado en 1951. A partir de ahí, su carrera fue la de un artista que entraba por la puerta grande en la cultura oficial soviética, pero sin quedar reducido a mero ilustrador del poder.
Andrei Mylnikov Veroshka
Mylnikov fue pintor, grafista, muralista, profesor y personaje público. Durante más de medio siglo enseñó en el Instituto Repin, donde dirigió talleres de pintura monumental y formó a más de quinientos alumnos. En 1966 fue elegido académico de pleno derecho de la Academia de Artes de la URSS; en 1976 recibió el título de Artista del Pueblo de la URSS; en 1990 fue nombrado Héroe del Trabajo Socialista.
Andrei Mylnikov, Desnudos
Su obra pública se extendió: estaciones de metro, teatros, edificios oficiales y museos. Participó en mosaicos y composiciones monumentales de Leningrado y realizó un célebre telón con la imagen de Lenin para el Palacio de Congresos del Kremlin. Esa faceta lo convirtió en algo más que un pintor de estudio: fue uno de los constructores visuales de la memoria soviética.
Andrei Mylnikov, Silencio
Reducirlo al arte oficial sería injusto, sin embargo. En su pintura íntima —retratos familiares, desnudos, paisajes, maternidades— hay una delicadeza que desmiente la caricatura del realismo socialista como bloque de granito. Su mundo pictórico mezcla solemnidad, lirismo, melancolía y una búsqueda insistente de belleza moral. Sus desnudos, por ejemplo, no se presentan como provocación erótica, sino como ideal de armonía espiritual.
Andrei Andréievich Mylnikov Lenin Mural 1 por 5 metros
España fue el gran descubrimiento de su madurez. Visitó el país en los años setenta, con especial impacto de Madrid, Toledo y los maestros españoles. La pintura de Velázquez, Goya y El Greco le abrió una vía nueva: más dramática, más áspera, más mediterránea. La vieja cultura española, atravesada por religión, muerte, fiesta, violencia y poesía, le ofreció un espejo inesperado.
Andrei Andréievich Mylnikov Juramento de la flota del Báltico 1946. Andrei Mylnikov
De ese encuentro nació su obra española decisiva: el Tríptico español, fechado en 1979. Está formado por La corrida, La crucifixión y La muerte de García Lorca. No era una estampa turística de España. Era una lectura trágica del país: el ruedo, el Calvario y el poeta asesinado como tres escenas de una misma meditación sobre el sacrificio.
Andrei Andréievich Mylnikov Retrato de Lenin
La parte taurina, La corrida, sitúa a Mylnikov en una genealogía singular: la de los artistas extranjeros que vieron en la tauromaquia algo más que un espectáculo. Para él, el toro y el torero no eran folclore, sino destino. El ruedo aparece como un espacio de verdad extrema, donde el cuerpo se expone, la multitud contempla y la belleza no se separa del riesgo.
Andrei Mylnikov La muerte de García Lorca
La importancia de esa obra fue enorme. El Tríptico español le valió la medalla de oro de la Academia de Artes de la URSS en 1981 y el Premio Lenin de Artes Plásticas en 1984. La prensa española de la época recogió expresamente que el premio se concedía por ese tríptico compuesto por la corrida, la crucifixión y la muerte de García Lorca.
Andrei Andréievich Mylnikov En España Tríptico Óleo sobre lienzo Galería Tretyakov
Conviene precisar algo: no hay pruebas sólidas de que Mylnikov fuese aficionado taurino habitual, amigo de toreros o espectador de muchas corridas. Su relación con la tauromaquia está documentada, sobre todo, en el plano artístico. Eso no la hace menor; al contrario. Su Corrida no nace de la costumbre de plaza, sino de una lectura simbólica de España.
Andrei Andréievich Mylnikov Semana santa
En esa lectura, Goya está muy cerca. También Picasso, aunque Mylnikov no convierte el toro en obsesión personal. Lo taurino, en su caso, queda unido a Lorca, a la crucifixión y al dolor histórico. Es una tauromaquia vista desde el norte: menos solariega, más filosófica; menos costumbrista, más sacrificial.
Andrei Mylnikov Semana Santa
Por eso el lector hispano debe conocerlo. Porque Mylnikov no fue un ruso que “pintó España” como postal exótica, sino un artista que encontró en España una manera de hablar de la vida, la muerte, la violencia, la belleza y la resistencia del arte. Su Tríptico español conserva esa rareza: parece ruso por su densidad moral y español por su temperatura trágica.
Andrei Mylnikov El Descendimiento
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