Un reportaje olvidado: Miguel Hernández en la TVE de los años 60
Publicado: Jue Oct 30, 2025 3:25 pm
Un reportaje olvidado: Miguel Hernández en la TVE de los años 60
La cinta se abre con el rumor del viento sobre los naranjos y el perfil de la Cruz de la Muela. Orihuela aparece bañada en una luz gris y antigua: el blanco y negro de una España que apenas comenzaba a reconocerse. En esa quietud campesina, la voz del narrador introduce la ciudad natal de un poeta casi innombrable: Miguel Hernández, el hijo de cabrero que había muerto dos décadas atrás en una prisión franquista.
Aquel reportaje de Televisión Española, rodado en la primera mitad de los sesenta, parecía una simple postal costumbrista. Sin embargo, escondía una pequeña herejía: mostrar el mundo natal de un poeta proscrito, en una época en que su nombre seguía vetado en escuelas y editoriales. Su recuperación en los últimos años —gracias al archivo de RTVE y al periodista Carlos del Amor, que lo rescató en 2020— lo ha convertido en una pieza de culto entre estudiosos y curiosos.
La España de los 25 años de paz era la del régimen que buscaba presentarse moderno, reconciliador y productivo. En ese contexto, la figura de Hernández servía para exaltar la humildad campesina sin tocar el fondo político. Era el poeta “del pueblo”, pero de un pueblo manso, desideologizado, reducido a su geografía y a su tragedia personal. Aun así, el resultado tiene una extraña fuerza. El documental se adentra en la Orihuela real: calles polvorientas, mujeres con pañuelos, huertas que siguen latiendo como en los versos de Perito en lunas. La cámara no busca símbolos; registra cuerpos y voces, el habla lenta y veraz de la gente. Lo que era propaganda costumbrista terminó siendo testimonio histórico.
El eje emocional lo aporta Vicente Hernández, hermano mayor del poeta. Campesino, rostro curtido por el sol, habla despacio, casi con pudor. Recuerda al niño que escribía versos en la era, al joven que soñaba con Madrid y que volvía derrotado pero entero. Habla también del padre severo, de los castigos, de la miseria. Su tono no acusa: narra. En esa manera de contar se filtra un dolor que ni la censura pudo cortar.
Hay un momento en que Vicente menciona las visitas a la cárcel de Alicante. Lo hace sin dramatismo, pero la imagen pesa. Describe cómo el hermano agonizaba de tuberculosis, reducido a piel y hueso, sin atención médica. Es un testimonio breve y valiente: en los años sesenta, hablar así ante una cámara estatal era casi un acto de resistencia moral. Junto a Vicente, aparecen otras voces familiares y vecinas. Una tía, una prima, un amigo del barrio. Sus palabras son pequeñas piezas de memoria oral: la boda con Josefina Manresa, las tertulias con Ramón Sijé, las lecturas nocturnas bajo un candil. Ninguno parece leer un guion; todos hablan con la naturalidad de quien no sabe que está haciendo historia.
El documental evita cualquier referencia directa a la Guerra Civil o a la militancia republicana de Hernández. Pero el silencio se vuelve elocuente. El espectador de hoy percibe las grietas: los planos insistentes en la casa humilde, la voz del narrador que evita nombrar la causa de la muerte, la cámara que se detiene en el cementerio de Alicante sin pronunciar una sola palabra.
Esa tensión entre lo que se muestra y lo que se calla hace del reportaje una obra doble: oficial y subversiva, obediente y reveladora. La censura no podía impedir que la imagen hablara por sí misma. En cada plano de la huerta o en cada mirada de los entrevistados late la conciencia de que algo quedó pendiente, una herida abierta.
La estética visual es sobria, casi litúrgica. Los encuadres fijos, la luz natural, los fundidos lentos: todo contribuye a una sensación de recogimiento. Lejos de los documentales triunfalistas de la época, éste se acerca más a un canto fúnebre que a una exaltación rural. Sin quererlo, la televisión franquista filmó un réquiem. Cuando Carlos del Amor difundió el hallazgo en redes, el fragmento donde aparece Vicente Hernández se convirtió en una pequeña emoción colectiva. Miles de personas vieron, quizás por primera vez, el rostro del hermano del poeta. En su voz pausada resonaba la España real, aquella que sobrevivió entre silencios.
El redescubrimiento del documental coincidió con un renovado interés por la figura de Hernández. Las redes rescataron también imágenes de 1937, donde el poeta aparece en un congreso antifascista en Madrid. Juntas, ambas piezas trazan un arco de luz: del joven combativo al recuerdo campesino, del idealismo al duelo.
Hoy, en Orihuela, la figura del poeta ocupa por fin el lugar que se le negó. La ciudad, declarada Ciudad de la Poesía, utiliza aquel material televisivo como punto de partida para rutas literarias y exposiciones. La casa de la calle Arriba 73, que en el documental era un espacio modesto y silencioso, es hoy museo y lugar de peregrinación.
Volver a ver aquel reportaje produce una sensación doble: ternura y desgarro. Ternura por la sinceridad de quienes hablan sin cálculo, y desgarro por la evidencia de lo que no se podía decir. Es la España rural mirándose en un espejo roto, pero todavía capaz de reconocer su verdad.
Más de medio siglo después, el documento conserva una autenticidad desarmante. En la televisión del régimen, entre noticiarios de gloria y discursos oficiales, se coló una historia humana que no pudo ser borrada. En la mirada tímida de Vicente Hernández, en su voz contenida, está todo: la memoria, la pobreza, la dignidad y la poesía.
Quizá esa sea la lección última del reportaje: que incluso bajo la vigilancia de la censura, la verdad encuentra su modo de expresarse. Que, en el fondo, la cámara siempre acaba filmando lo que quiere. Y que Miguel Hernández, sin ser nombrado del todo, volvió a su pueblo para quedarse.
La cinta se abre con el rumor del viento sobre los naranjos y el perfil de la Cruz de la Muela. Orihuela aparece bañada en una luz gris y antigua: el blanco y negro de una España que apenas comenzaba a reconocerse. En esa quietud campesina, la voz del narrador introduce la ciudad natal de un poeta casi innombrable: Miguel Hernández, el hijo de cabrero que había muerto dos décadas atrás en una prisión franquista.
Aquel reportaje de Televisión Española, rodado en la primera mitad de los sesenta, parecía una simple postal costumbrista. Sin embargo, escondía una pequeña herejía: mostrar el mundo natal de un poeta proscrito, en una época en que su nombre seguía vetado en escuelas y editoriales. Su recuperación en los últimos años —gracias al archivo de RTVE y al periodista Carlos del Amor, que lo rescató en 2020— lo ha convertido en una pieza de culto entre estudiosos y curiosos.
La España de los 25 años de paz era la del régimen que buscaba presentarse moderno, reconciliador y productivo. En ese contexto, la figura de Hernández servía para exaltar la humildad campesina sin tocar el fondo político. Era el poeta “del pueblo”, pero de un pueblo manso, desideologizado, reducido a su geografía y a su tragedia personal. Aun así, el resultado tiene una extraña fuerza. El documental se adentra en la Orihuela real: calles polvorientas, mujeres con pañuelos, huertas que siguen latiendo como en los versos de Perito en lunas. La cámara no busca símbolos; registra cuerpos y voces, el habla lenta y veraz de la gente. Lo que era propaganda costumbrista terminó siendo testimonio histórico.
El eje emocional lo aporta Vicente Hernández, hermano mayor del poeta. Campesino, rostro curtido por el sol, habla despacio, casi con pudor. Recuerda al niño que escribía versos en la era, al joven que soñaba con Madrid y que volvía derrotado pero entero. Habla también del padre severo, de los castigos, de la miseria. Su tono no acusa: narra. En esa manera de contar se filtra un dolor que ni la censura pudo cortar.
Hay un momento en que Vicente menciona las visitas a la cárcel de Alicante. Lo hace sin dramatismo, pero la imagen pesa. Describe cómo el hermano agonizaba de tuberculosis, reducido a piel y hueso, sin atención médica. Es un testimonio breve y valiente: en los años sesenta, hablar así ante una cámara estatal era casi un acto de resistencia moral. Junto a Vicente, aparecen otras voces familiares y vecinas. Una tía, una prima, un amigo del barrio. Sus palabras son pequeñas piezas de memoria oral: la boda con Josefina Manresa, las tertulias con Ramón Sijé, las lecturas nocturnas bajo un candil. Ninguno parece leer un guion; todos hablan con la naturalidad de quien no sabe que está haciendo historia.
El documental evita cualquier referencia directa a la Guerra Civil o a la militancia republicana de Hernández. Pero el silencio se vuelve elocuente. El espectador de hoy percibe las grietas: los planos insistentes en la casa humilde, la voz del narrador que evita nombrar la causa de la muerte, la cámara que se detiene en el cementerio de Alicante sin pronunciar una sola palabra.
Esa tensión entre lo que se muestra y lo que se calla hace del reportaje una obra doble: oficial y subversiva, obediente y reveladora. La censura no podía impedir que la imagen hablara por sí misma. En cada plano de la huerta o en cada mirada de los entrevistados late la conciencia de que algo quedó pendiente, una herida abierta.
La estética visual es sobria, casi litúrgica. Los encuadres fijos, la luz natural, los fundidos lentos: todo contribuye a una sensación de recogimiento. Lejos de los documentales triunfalistas de la época, éste se acerca más a un canto fúnebre que a una exaltación rural. Sin quererlo, la televisión franquista filmó un réquiem. Cuando Carlos del Amor difundió el hallazgo en redes, el fragmento donde aparece Vicente Hernández se convirtió en una pequeña emoción colectiva. Miles de personas vieron, quizás por primera vez, el rostro del hermano del poeta. En su voz pausada resonaba la España real, aquella que sobrevivió entre silencios.
El redescubrimiento del documental coincidió con un renovado interés por la figura de Hernández. Las redes rescataron también imágenes de 1937, donde el poeta aparece en un congreso antifascista en Madrid. Juntas, ambas piezas trazan un arco de luz: del joven combativo al recuerdo campesino, del idealismo al duelo.
Hoy, en Orihuela, la figura del poeta ocupa por fin el lugar que se le negó. La ciudad, declarada Ciudad de la Poesía, utiliza aquel material televisivo como punto de partida para rutas literarias y exposiciones. La casa de la calle Arriba 73, que en el documental era un espacio modesto y silencioso, es hoy museo y lugar de peregrinación.
Volver a ver aquel reportaje produce una sensación doble: ternura y desgarro. Ternura por la sinceridad de quienes hablan sin cálculo, y desgarro por la evidencia de lo que no se podía decir. Es la España rural mirándose en un espejo roto, pero todavía capaz de reconocer su verdad.
Más de medio siglo después, el documento conserva una autenticidad desarmante. En la televisión del régimen, entre noticiarios de gloria y discursos oficiales, se coló una historia humana que no pudo ser borrada. En la mirada tímida de Vicente Hernández, en su voz contenida, está todo: la memoria, la pobreza, la dignidad y la poesía.
Quizá esa sea la lección última del reportaje: que incluso bajo la vigilancia de la censura, la verdad encuentra su modo de expresarse. Que, en el fondo, la cámara siempre acaba filmando lo que quiere. Y que Miguel Hernández, sin ser nombrado del todo, volvió a su pueblo para quedarse.