Del rescate a la condena: cómo el animalismo fabrica tragedias para las mascotas
Publicado: Sab Nov 01, 2025 6:45 pm
Del rescate a la condena: cómo el animalismo fabrica tragedias para las mascotas
En España, se abandonan 33 mascotas cada hora. Son 785 al día, cerca de 300 000 al año. Perros y gatos que un día llegaron a un hogar bajo el cartel de “rescatados” y terminan en una jaula, desorientados, enfermos o simplemente esperando. Lo que comienza como un gesto heroico, alentado por campañas de presión emocional, acaba convirtiéndose en una condena silenciosa para miles de animales. El drama no es invisible: se repite a diario, en cada protectora saturada.
Las protectoras animalistas han creado un circuito perfecto para perpetuar este ciclo. No venden, pero “colocan” animales mediante campañas que apelan a la culpa y la sensibilidad. “Si no adoptas, no tienes corazón”, repiten en redes y medios. Pero detrás del mensaje hay ausencia de filtros, cero trazabilidad y ningún compromiso real de seguimiento. Se presiona para adoptar, no para cuidar. Se apela a la emoción, no a la responsabilidad.
Cuando esa emoción inicial se desvanece y llega la rutina —el gasto, el tiempo, la logística—, muchas familias descubren que no estaban preparadas. No es maldad: es improvisación alentada. Y entonces, las mismas protectoras que empujaron la adopción son las que recogen de nuevo a esos animales. Es un sistema circular que no se rompe porque conviene a quienes viven de alimentarlo.
La consecuencia no es teórica: son refugios saturados, voluntarios agotados y animales desechados como si fueran muebles viejos. Más del 80 % de los perros y el 95 % de los gatos que ingresan a refugios llegan sin chip, lo que demuestra que no proceden de criadores legales, sino de hogares particulares. El animalismo ha sustituido al mercado, pero no ha creado responsabilidad: ha fabricado abandono.
El resultado es una paradoja dolorosa: quienes dicen “rescatar” son hoy un eslabón decisivo en el abandono masivo. Miles de perros y gatos pagan con su vida, su salud y su soledad el precio de un modelo construido sobre la emoción y no sobre el deber. Un modelo que no protege: condena.
En España, se abandonan 33 mascotas cada hora. Son 785 al día, cerca de 300 000 al año. Perros y gatos que un día llegaron a un hogar bajo el cartel de “rescatados” y terminan en una jaula, desorientados, enfermos o simplemente esperando. Lo que comienza como un gesto heroico, alentado por campañas de presión emocional, acaba convirtiéndose en una condena silenciosa para miles de animales. El drama no es invisible: se repite a diario, en cada protectora saturada.
Las protectoras animalistas han creado un circuito perfecto para perpetuar este ciclo. No venden, pero “colocan” animales mediante campañas que apelan a la culpa y la sensibilidad. “Si no adoptas, no tienes corazón”, repiten en redes y medios. Pero detrás del mensaje hay ausencia de filtros, cero trazabilidad y ningún compromiso real de seguimiento. Se presiona para adoptar, no para cuidar. Se apela a la emoción, no a la responsabilidad.
Cuando esa emoción inicial se desvanece y llega la rutina —el gasto, el tiempo, la logística—, muchas familias descubren que no estaban preparadas. No es maldad: es improvisación alentada. Y entonces, las mismas protectoras que empujaron la adopción son las que recogen de nuevo a esos animales. Es un sistema circular que no se rompe porque conviene a quienes viven de alimentarlo.
La consecuencia no es teórica: son refugios saturados, voluntarios agotados y animales desechados como si fueran muebles viejos. Más del 80 % de los perros y el 95 % de los gatos que ingresan a refugios llegan sin chip, lo que demuestra que no proceden de criadores legales, sino de hogares particulares. El animalismo ha sustituido al mercado, pero no ha creado responsabilidad: ha fabricado abandono.
El resultado es una paradoja dolorosa: quienes dicen “rescatar” son hoy un eslabón decisivo en el abandono masivo. Miles de perros y gatos pagan con su vida, su salud y su soledad el precio de un modelo construido sobre la emoción y no sobre el deber. Un modelo que no protege: condena.