Concha Velasco: luz, oficio y memoria de un país
Concha Velasco nació en Valladolid en 1939, en un país que aún caminaba con paso incierto entre ruinas y silencios. Su infancia estuvo marcada por la profesión militar de su padre y por la energía incansable de su madre, que intuía en ella una voluntad especial, una suerte de temple artístico que no tardaría en florecer.
La familia se instaló en el Madrid castizo de Lavapiés, tan duro como vivo. Allí la pequeña Concha observaba a las mujeres del barrio, que cargaban el mundo sobre sus hombros sin perder la risa; un molde emocional que ella recordaría siempre como su verdadera escuela de humanidad.
Entró en el Conservatorio de Danza con la determinación de quien sabe que el cuerpo también piensa, y en el Teatro Español Universitario descubrió el placer de la escena. Décadas después diría «la disciplina me salvó la vida», una frase sencilla que resume su ética y que bien podría servir de brújula para cualquier mujer que empieza desde abajo.
Concha Velasco en Las Ventas
El despegue en el cine español
Su debut cinematográfico a mediados de los cincuenta la colocó frente a Fernando Fernán Gómez, quien quedó sorprendido por la combinación de timidez y carácter que habitaba en aquella muchacha de mirada viva. Años más tarde recordaría ese rodaje como su primer gran aprendizaje emocional.
La popularidad llegó con Las chicas de la Cruz Roja (1958), que rompió taquillas y códigos estéticos. Concha aportó un aire ligero, moderno, y un humor que conectaba directamente con un público femenino deseoso de nuevos referentes.
Durante los sesenta rodó decenas de películas, alternando directores clásicos como Sáenz de Heredia con miradas más atrevidas. Aprendió que cada rodaje era una batalla distinta y que el oficio se moldeaba a base de escuchar, resistir y sumar.
La televisión y el descubrimiento de su voz pública
En aquellos años también irrumpió en televisión, donde mostró una naturalidad difícil de fingir. Programas musicales y variedades la convirtieron en presencia constante de los hogares españoles, especialmente de las mujeres que encontraban en ella un espejo posible: fuerte, divertida, elegante.
A finales de los sesenta se adentró en el teatro, y allí encontró un aire íntimo y fértil. Títulos como Carmen, Carmen o Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? demostraron que su talento era expansivo, capaz de habitar la comedia, el musical y el drama con un control sorprendente.
Compañeros de aquella época recuerdan que en los ensayos era la primera en llegar y la última en marcharse. No imponía, contagiaba. No mandaba, sumaba. Esa forma de liderazgo silencioso quedó grabada en quienes trabajaron con ella.
Concha Velasco e Irene Santamaría Plaza de toros de Valladolid
Un universo donde el arte y los toros se rozaban
En esa España de los sesenta y setenta, cine, música y tauromaquia compartían el mismo mapa emocional. Concha frecuentó Las Ventas en tardes señaladas, invitada en festivales benéficos donde coincidían toreros, cantantes y actores. No era pose, era pertenencia: formaba parte de una generación que entendía la plaza como un espacio cultural, no solo festivo.
En entrevistas de la época hablaba con simpatía del ritual taurino. Le fascinaban —decía— «el color de las cuadrillas y ese silencio que cae antes de un pase bueno». No pretendía pontificar; simplemente reconocía la carga simbólica de un arte que, como el teatro, vive en el límite entre lo previsto y lo irreparable.
La Chica ye-yé: un himno inesperado en Pamplona
El fenómeno estalló cuando Concha popularizó La Chica ye ye, compuesta por Algueró y Guijarro, en la película Historias de la televisión (1965). Lo que nació como número musical se convirtió en un símbolo de modernidad. A finales de los sesenta, las peñas pamplonicas la adoptaron como grito festivo en las tardes de toros. Desde entonces, suena año tras año en la Plaza de Pamplona, enlazando la fiesta con ese aire de libertad joven que Concha representó. Ella misma confesaba que escucharla allí por primera vez fue «uno de los regalos más inesperados de mi carrera».
Concha Velasco en la plaza de toros de Valladolid. Foto Henar Sastre
Herederos: la mirada madura hacia el universo taurino
Décadas más tarde, ya convertida en figura mayor, protagonizó Herederos, serie de TVE inspirada en las sagas familiares del mundo del toro. Interpretó con autoridad a Carmen Orozco, una matriarca que combina poder, fragilidad y astucia empresarial. A través de ese personaje, Concha exploró la dimensión íntima del toreo: las decisiones que condicionan carreras, las rivalidades, el peso emocional de la tradición. Fue una de sus interpretaciones más celebradas de la madurez.
Cimas teatrales y reinvenciones necesarias
En los años ochenta y noventa vivió un renacimiento artístico con musicales como Mamá, quiero ser artista, donde mostró un carisma escénico imbatible. Aquella obra conectó de forma especial con mujeres que habían crecido viéndola y que reconocían en ella la valentía de reinventarse sin miedo.
La televisión le dio un segundo hogar con Cine de barrio, espacio en el que su naturalidad brilló sin filtros. Allí no interpretaba: conversaba. No enseñaba: acompañaba. España redescubrió su inteligencia emocional, afilada y sensible.
En el teatro clásico alcanzó una cima con Hécuba, un papel que exige más alma que técnica. Su interpretación, llena de grietas y verdad, provocó ovaciones prolongadas. Varias críticas coincidieron en una frase: «Velasco está más viva que el personaje».
Concha Velasco y Geraldine Chaplin en Las Ventas, año 1965
Una carrera sostenida en la disciplina y la ternura
Aun con problemas de salud, siguió trabajando mientras pudo. Decía: «el escenario me sostiene», una declaración que mezclaba necesidad y amor verdadero por el oficio. Esa entrega la convirtió en referente para muchas mujeres que vieron en ella una lección de coraje cotidiano.
Recibió el Goya de Honor, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, el Premio Max y el Valle-Inclán, reconocimientos que reflejan la magnitud de una trayectoria que acompañó emocionalmente a todo un país.
Su vida personal no fue sencilla: pérdidas, fracasos, deudas, tropiezos. Pero siempre prefirió contarlo antes que esconderlo. Esa honestidad —tan poco común en el mundo del espectáculo— la acercó aún más al público femenino, que identificaba en ella la fuerza de quien se levanta sin perder la dignidad.
Despedida y legado
Con su fallecimiento en 2023, España despidió a una actriz total. Su legado late en el teatro, en el cine, en la televisión, en la música… y también en esos instantes compartidos, como la Plaza de Pamplona cantando La Chica ye ye o las noches de Herederos. Concha Velasco no fue solo una artista: fue una presencia luminosa que acompañó a generaciones enteras, especialmente a las mujeres que crecieron con ella como faro de fuerza, elegancia y sentido del humor.
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