«Mingote: No aprecio la belleza de la fiesta, pero la respeto»
Publicado: Lun Ene 19, 2026 12:13 am
«Mingote: No aprecio la belleza de la fiesta, pero la respeto»
Antonio Mingote, humorista y escritor
«No soy antitaurino, admiro a los toreros que se ganan la vida jugándosela en los ruedos; son asombrosos. No aprecio la belleza de la fiesta, pero la respeto»
La postura de Mingote ante la fiesta taurina es un ejercicio de nobleza intelectual y una lección de civismo. En su afirmación se percibe una deliberada separación entre el aprecio estético o emocional y el reconocimiento del valor ajeno. Él no sentía la emoción de la lidia, no hallaba en ella belleza, y sin embargo, su juicio se detenía ahí. No daba el salto, tan común en otros debates, hacia la descalificación o la imposición de su propia sensibilidad.
La mirada de Mingote se posaba primero en el esfuerzo humano, en el valor temerario de quienes se enfrentan al riesgo supremo, y de ese reconocimiento nacía un respeto activo y sereno. Este respeto, tal como lo formula, es un valor superior porque trasciende el mero acuerdo o la simpatía personal. Se fundamenta en la capacidad de ver, tras la práctica o la tradición que no se comparte, la dignidad, el coraje y la dedicación de las personas implicadas.
El respeto que propone Mingote es un acto de justicia hacia el prójimo, un pacto tácito de no reducir lo complejo a una caricatura, de no permitir que la propia indiferencia o incomprensión se conviertan en desdén. Mingote nos muestra que se puede, con total integridad, permanecer al margen de una pasión colectiva sin por ello erosionar el tejido social que la sustenta. Finalmente, su actitud invita a una reflexión sobre la convivencia en sociedades plurales.
El respeto genuino, como el que Antonio Mingote exhibe, no es un barniz de corrección política, sino un principio profundo de humildad intelectual. Consiste en conceder que el otro tiene razones y sentimientos legítimos, aunque estos nos resulten ajenos. Es la base para un diálogo social en el que las diferencias no se anulan, sino que se acogen como parte de un patrimonio humano diverso.
Mingote, con su trazo preciso y su pensamiento claro, nos lega así una guía: la de honrar, por encima de todo, la libertad y el esfuerzo ajeno, aún desde la más sincera de las distancias.
«No soy antitaurino, admiro a los toreros que se ganan la vida jugándosela en los ruedos; son asombrosos. No aprecio la belleza de la fiesta, pero la respeto»
La postura de Mingote ante la fiesta taurina es un ejercicio de nobleza intelectual y una lección de civismo. En su afirmación se percibe una deliberada separación entre el aprecio estético o emocional y el reconocimiento del valor ajeno. Él no sentía la emoción de la lidia, no hallaba en ella belleza, y sin embargo, su juicio se detenía ahí. No daba el salto, tan común en otros debates, hacia la descalificación o la imposición de su propia sensibilidad.
La mirada de Mingote se posaba primero en el esfuerzo humano, en el valor temerario de quienes se enfrentan al riesgo supremo, y de ese reconocimiento nacía un respeto activo y sereno. Este respeto, tal como lo formula, es un valor superior porque trasciende el mero acuerdo o la simpatía personal. Se fundamenta en la capacidad de ver, tras la práctica o la tradición que no se comparte, la dignidad, el coraje y la dedicación de las personas implicadas.
El respeto que propone Mingote es un acto de justicia hacia el prójimo, un pacto tácito de no reducir lo complejo a una caricatura, de no permitir que la propia indiferencia o incomprensión se conviertan en desdén. Mingote nos muestra que se puede, con total integridad, permanecer al margen de una pasión colectiva sin por ello erosionar el tejido social que la sustenta. Finalmente, su actitud invita a una reflexión sobre la convivencia en sociedades plurales.
El respeto genuino, como el que Antonio Mingote exhibe, no es un barniz de corrección política, sino un principio profundo de humildad intelectual. Consiste en conceder que el otro tiene razones y sentimientos legítimos, aunque estos nos resulten ajenos. Es la base para un diálogo social en el que las diferencias no se anulan, sino que se acogen como parte de un patrimonio humano diverso.
Mingote, con su trazo preciso y su pensamiento claro, nos lega así una guía: la de honrar, por encima de todo, la libertad y el esfuerzo ajeno, aún desde la más sincera de las distancias.