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Victorine Meurent: una pelirroja, una espada y un lugar propio en el París

Publicado: Mié Feb 18, 2026 4:42 pm
por EstoEsElPueblo
Victorine Meurent: una pelirroja, una espada y un lugar propio en el París

Una muchacha con guitarra en el París real
Victorine Louise Meurent —también citada como Meurend, Meurant o Meurand— nació el 18 de febrero de 1844. Los papeles no siempre se ponen de acuerdo con el barrio exacto: unos la sitúan en París y otros en el entorno de Colombes, ese cinturón de suburbios donde el humo de los talleres se mezclaba con la promesa de la ciudad. En cualquier caso, su biografía arranca lejos del terciopelo. Su padre trabajaba en el oficio del bronce; su madre, en labores vinculadas a la sombrerería y el traje. La escena es clara: no había dote, ni apellido, ni tiempo para románticas fantasías. Había que salir a ganarse el pan.
La Esfinge Parisina de Alfred Stevens San Diego Museum of Art
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Y Victorine salió. Lo hizo con música y con nervio. Tocaba el violín y la guitarra, cantaba, daba clases cuando podía. En un siglo que exigía a la mujer discreción y obediencia, ella eligió un camino mucho más áspero: la autonomía. Su estatura menuda le valió el apodo bohemio de La Crevette, pero quien se quedara en esa broma no entendía lo esencial: bajo ese diminutivo había una voluntad de hierro, una forma de estar en el mundo sin pedir perdón.

Ser modelo, pero no “de adorno”
Cuando empezó a posar, Victorine no entró en un salón de cuento; entró en estudios donde se hablaba de dinero, de luz y de reputación. Fue modelo, sí, pero no en el sentido pasivo con el que la historia del arte ha intentado a veces envolverla. Mientras la miraban, ella miraba. Aprendía cómo se construye una composición, cómo se negocia un gesto, cómo la pintura puede convertir a alguien en símbolo… o borrarlo.
Jup de Victorine Meurent. Museo de Arte e Historia de Colombes
Jup  de Victorine Meurent.  Museo de Arte e Historia de Colombes.jpg
En 1862, Édouard Manet se fijó en ella. La escena se ha contado de muchas maneras, pero hay un detalle que siempre regresa: Victorine caminando por la ciudad con su guitarra, cerca del Palais de Justice, con ese aire decidido que no se compra. Manet la convirtió en presencia moderna. No “la embelleció”: la hizo frontal. Y Victorine —esto es lo importante— sostuvo esa frontalidad como quien sostiene una postura propia ante el mundo.

Posó para obras que hoy son tótems de la modernidad: Le déjeuner sur l’herbe, Olympia, Le chemin de fer. En todas hay una cualidad que no se explica solo con el pincel del pintor: la impresión de que la modelo no está ahí para agradar, sino para afirmar su existencia.
Victorine Meurent en traje de torero de Édouard Manet
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La torera: una mujer en el centro del ruedo
En 1862 llegó el lienzo que nos interesa de manera especial: Mademoiselle V… dans le costume d’espada. En esa figura —una mujer vestida como espada, con chaquetilla y estoque— se condensa un golpe silencioso contra el guion del siglo. Porque no es un disfraz “gracioso”. Es una ocupación de territorio.

Victorine aparece plantada con el aplomo de quien pisa arena propia. La capa, de un rosa impropio para la ortodoxia taurina, delata el juego consciente, el artificio, la puesta en escena. Sus zapatos —poco adecuados para lidiar— subrayan que aquello no pretende ser crónica de plaza, sino metáfora. Y, aun así, la sensación es de verdad: la verdad de una actitud. No mira al toro del fondo; nos mira a nosotros. No pide permiso. No suplica comprensión. Sostiene la espada como un argumento.
Olympia, 1863, de Édouard Manet
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El fondo, inspirado en estampas de La tauromaquia de Goya, añade otro nivel: la tradición española como espejo donde Manet y Victorine ensayan una modernidad atrevida. La escena de un picador y un toro, al fondo, funciona como telón histórico; ella, delante, es el presente que interrumpe. Y eso, para una lectora de hoy, tiene una potencia especial: una mujer ocupando el papel de riesgo, mando y centralidad, en una época que prefería verla como decoración.

De musa a pintora: la firma como conquista
Aquí suele venir el olvido: la historia la reduce al cuerpo que posó. Pero Victorine quiso la mano que pinta. Se formó con Étienne Leroy y estudió en la Académie Julian, uno de los espacios donde las mujeres podían, con dificultad y pagando más, acercarse a una educación artística seria. No era un paseo: a ellas se les cerraban puertas fundamentales, se las vigilaba moralmente, se las mantenía en una especie de margen “aceptable”. Victorine no se resignó a ese margen.
La rebanada de pan de Victorine Meurent Musée de Arte e Historia de Colombes
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En 1876, presentó obra al Salon de Paris y fue aceptada. El detalle es delicioso y duro a la vez: ese mismo año, Manet fue rechazado. No es una medalla para humillar a nadie; es una prueba de competencia. La mujer a la que algunos llamarían “modelo” estaba dentro del circuito oficial por su propio trabajo.

Exhibió más veces en el Salón (se citan, entre otras, participaciones en 1876, 1879, 1885 y 1904) y en 1903 ingresó en la Société des Artistes Français. Sus cuadros se han dispersado y muchos se perdieron, pero sobreviven piezas y títulos que nos permiten asomarnos: Le Jour des Rameaux (Palm Sunday), conservado en el museo municipal de Colombes; Le Briquet y Jup, también asociados a colecciones locales; y, sobre todo, un autorretrato de 1876 que, tras reaparecer en el siglo XXI, acabó en el Museum of Fine Arts de Boston. En ese autorretrato no hay coqueteo: hay oficio. Hay una mujer mirándose con una especie de cansancio lúcido, como quien sabe cuánto cuesta sostener la propia vida sin red.
Domingo de Ramos c. 1880 por Victorine Meurent
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Una vida larga, una libertad discreta
Contra la leyenda cruel —esa que intenta castigar a las mujeres libres inventándoles finales sórdidos—, Victorine vivió hasta los 83 años. Murió el 17 de marzo de 1927 en Colombes. En sus últimos años compartió vida y casa con Marie Dufour. En los censos ella seguía definiéndose como “artista”: una palabra sencilla que, en su caso, es casi una declaración política.
Olympia, 1863, de Édouard Manet
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Su historia tiene algo profundamente actual: no se limita a “ser inspiración”, sino que muestra el mecanismo concreto del empoderamiento en el XIX. Trabajar, aprender, insistir. Convertir el cuerpo —tan vigilado entonces— en herramienta de independencia, y la firma —tan negada a tantas mujeres— en prueba de existencia. Victorine no fue solo la torera de un cuadro famoso. Fue una mujer que se negó a quedar fijada en el papel que otros habían escrito para ella.
Victorine La novela, Por Drema Drudge
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Tauromaquia aparece como un fogonazo único en su iconografía: en lo que hoy se conoce, no hay una “serie taurina” de Victorine pintora, ni más escenas taurinas donde ella sea modelo. Justo por eso Mademoiselle V… impresiona tanto: porque queda como un gesto irrepetible, una puerta abierta a una idea que el siglo no estaba preparado para aceptar del todo… y que ella sostuvo con la naturalidad de quien no pide disculpas por ser valiente.