Francisco Ruiz Miguel, el torero del mes de abril
Abril anuncia la primavera y el verano también y la temporada de toros. Si hay un torero para el mes de abril es Francisco Ruiz Miguel: debutó con picadores el 17 de abril de 1968 en San Fernando. Tomó la alternativa el 27 de abril de 1969 en la Monumental de Barcelona. La tercera gesta de abril fue el 25 del año 1971 cuando corta un rabo al toro “Gallero” de Miura en la Maestranza. El cuarto hito fue un 10 abril -un año después, 1972- corta dos orejas en Sevilla a uno de Jódar y Ruchena. El 26 de abril de 2003 el maestro Ruiz Miguel pliega los avíos de torear y sigue otras alternativas.
Y diez puertas grandes en Las Ventas de Madrid, ninguna en el mes de abril. Porque Francisco Ruiz Miguel es un torero de larga y densa trayectoria.
Ruiz Miguel y el toro Estopeño de Miura con 659 kilos
Francisco Ruiz Miguel es el tercer torero con más puertas grandes en la plaza de Las Ventas, empatado con Andrés Vázquez. Solo le superan Santiago Martín, El viti, con 14; y Paco Camino, con 12 salidas a hombros en la principal plaza de toros del mundo.
De las celebraciones del mes de abril la que figura como el recuerdo principal y de bandera, tuvo lugar el día 25 de ese mes en 1971. Aquella tarde entró en la terna en sustitución de Limeño, que se había puesto enfermo. Abrió la tarde el rejoneador Fermín Bohórquez, y completaban la terna a pie Andrés Hernando y Florencio Casado ”El Hencho“.
Morante de La Puebla y Ruiz Miguel: 52 años de Rabo en La Maestranza
Aquel rabo de 1971 que llevó a las alturas al torero de San Fernando resistió como el único rabo cortado a pie hasta la tarde de Morante de La Puebla precisamente en abril, el día 26 del 2023, año de Nuestro Señor. Habían pasado 52 abriles.
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El rabo de Ruiz Miguel a Gallero: una tarde para la historia de Sevilla
El rabo de Ruiz Miguel a Gallero: una tarde para la historia de Sevilla
La tarde en que Ruiz Miguel cortó un rabo en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla pertenece ya al territorio de lo irrepetible. No solo por la dimensión del torero y la leyenda de la ganadería, sino porque ese rabo —concedido a un toro de Miura, llamado Gallero— se convirtió en el penúltimo rabo otorgado en la historia del coso sevillano, una plaza donde el listón del triunfo siempre ha estado situado más cerca del milagro que de la estadística.
Hablar de rabos en La Maestranza de Sevilla es hablar de una excepción dentro de la excepción. La Maestranza, plaza de sensibilidad extrema, de públicos exigentes y de presidentes tradicionalmente restrictivos, ha convertido este trofeo en una reliquia histórica. Por eso, cada vez que se pronuncia la palabra rabo en clave sevillana, el tiempo se detiene y la memoria colectiva del toreo se activa.
Ruiz Miguel Y Gallero de Miura en La Maestranza Ruiz Miguel y Miura: una alianza forjada en el riesgo
Ruiz Miguel no fue un torero convencional. Su carrera estuvo marcada por una relación profunda, casi identitaria, con el toro de Miura, un animal que exige más que estilo: exige valor frío, conocimiento exacto y una capacidad de aguante fuera de lo común. Nadie como él supo entender la embestida miureña sin convertirla en un simple ejercicio defensivo.
Aquella tarde sevillana no fue un accidente ni una casualidad. Fue la culminación lógica de una trayectoria construida toro a toro, cornada a cornada, tarde a tarde. Ruiz Miguel llegó a Sevilla con crédito, pero también con el peso de quien sabe que, en esa plaza, la gloria solo se concede cuando no queda ninguna duda.
Ruiz Miguel con su cuadrilla y los trofeos en La Maestranza Gallero: un Miura con nombre propio
El toro Gallero no fue un miura más. Desde su salida al ruedo mostró una presencia imponente, seria, con ese aire antiguo que distingue a los toros que no vienen a acompañar, sino a mandar. Fue un toro exigente, con emoción, con peligro latente, pero también con posibilidades para quien supiera entenderlo.
La faena de Ruiz Miguel no buscó la complacencia del tendido. No hubo alardes innecesarios ni gestos de galería. Fue una labor basada en el dominio, en la colocación precisa, en el pulso constante entre el torero y un animal que no regalaba nada. Cada muletazo fue ganado, cada tanda construida desde la seguridad que da el oficio verdadero.
Ruiz Miguel rabo en La Maestranza Una faena de autoridad, no de ornamento
En Sevilla, el público distingue muy bien entre el arte y la verdad. Y aquella tarde reconoció algo que va más allá de la estética: la autoridad absoluta sobre un toro íntegro. Ruiz Miguel no toreó para agradar, toreó para someter. Y eso, en la Maestranza, tiene un valor casi sagrado cuando se hace sin trampas ni concesiones.
La estocada fue acorde a la faena: decisiva, en su sitio, sin dudas. La muerte de Gallero selló una obra que el público ya sabía extraordinaria antes incluso de que el presidente sacara los pañuelos.
Ruiz Miguel y la cabeza del toro Gallero El rabo: un trofeo casi extinguido en Sevilla
La concesión del rabo fue un hecho histórico. No por la generosidad presidencial —que no la hubo—, sino porque la faena y el toro lo exigían. Aquel rabo quedó inscrito como el penúltimo otorgado en la historia de la plaza, lo que le añade una dimensión simbólica difícil de exagerar.
Desde entonces, la Maestranza ha cerrado aún más el cerrojo a este trofeo, hasta convertirlo en una pieza prácticamente extinguida. El rabo de Ruiz Miguel a Gallero quedó así como una frontera temporal: un antes y un después en la severidad del palco y en la concepción moderna del triunfo sevillano.
Morante de La Puebla y Ruiz Miguel dos toreros que cortaron un rabo La Maestranza Un legado que desafía al tiempo
Con el paso de los años, aquella tarde no ha hecho sino crecer en importancia. No fue solo una gran faena, ni siquiera solo un gran triunfo. Fue la demostración de que el toreo de verdad, cuando se enfrenta al toro más íntegro y lo somete con inteligencia y valor, puede romper incluso las murallas más antiguas.
El rabo de Ruiz Miguel en Sevilla no pertenece al archivo frío de las estadísticas. Pertenece al relato mayor del toreo, a esas páginas que se citan cuando se habla de toreros que no buscaron el aplauso fácil, sino el respeto eterno.
Y por eso, cada vez que se menciona el penúltimo rabo de la Maestranza, el nombre de Gallero y el de Ruiz Miguel vuelven a sonar con la fuerza de lo irrepetible.
La tarde en que Ruiz Miguel cortó un rabo en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla pertenece ya al territorio de lo irrepetible. No solo por la dimensión del torero y la leyenda de la ganadería, sino porque ese rabo —concedido a un toro de Miura, llamado Gallero— se convirtió en el penúltimo rabo otorgado en la historia del coso sevillano, una plaza donde el listón del triunfo siempre ha estado situado más cerca del milagro que de la estadística.
Hablar de rabos en La Maestranza de Sevilla es hablar de una excepción dentro de la excepción. La Maestranza, plaza de sensibilidad extrema, de públicos exigentes y de presidentes tradicionalmente restrictivos, ha convertido este trofeo en una reliquia histórica. Por eso, cada vez que se pronuncia la palabra rabo en clave sevillana, el tiempo se detiene y la memoria colectiva del toreo se activa.
Ruiz Miguel Y Gallero de Miura en La Maestranza Ruiz Miguel y Miura: una alianza forjada en el riesgo
Ruiz Miguel no fue un torero convencional. Su carrera estuvo marcada por una relación profunda, casi identitaria, con el toro de Miura, un animal que exige más que estilo: exige valor frío, conocimiento exacto y una capacidad de aguante fuera de lo común. Nadie como él supo entender la embestida miureña sin convertirla en un simple ejercicio defensivo.
Aquella tarde sevillana no fue un accidente ni una casualidad. Fue la culminación lógica de una trayectoria construida toro a toro, cornada a cornada, tarde a tarde. Ruiz Miguel llegó a Sevilla con crédito, pero también con el peso de quien sabe que, en esa plaza, la gloria solo se concede cuando no queda ninguna duda.
Ruiz Miguel con su cuadrilla y los trofeos en La Maestranza Gallero: un Miura con nombre propio
El toro Gallero no fue un miura más. Desde su salida al ruedo mostró una presencia imponente, seria, con ese aire antiguo que distingue a los toros que no vienen a acompañar, sino a mandar. Fue un toro exigente, con emoción, con peligro latente, pero también con posibilidades para quien supiera entenderlo.
La faena de Ruiz Miguel no buscó la complacencia del tendido. No hubo alardes innecesarios ni gestos de galería. Fue una labor basada en el dominio, en la colocación precisa, en el pulso constante entre el torero y un animal que no regalaba nada. Cada muletazo fue ganado, cada tanda construida desde la seguridad que da el oficio verdadero.
Ruiz Miguel rabo en La Maestranza Una faena de autoridad, no de ornamento
En Sevilla, el público distingue muy bien entre el arte y la verdad. Y aquella tarde reconoció algo que va más allá de la estética: la autoridad absoluta sobre un toro íntegro. Ruiz Miguel no toreó para agradar, toreó para someter. Y eso, en la Maestranza, tiene un valor casi sagrado cuando se hace sin trampas ni concesiones.
La estocada fue acorde a la faena: decisiva, en su sitio, sin dudas. La muerte de Gallero selló una obra que el público ya sabía extraordinaria antes incluso de que el presidente sacara los pañuelos.
Ruiz Miguel y la cabeza del toro Gallero El rabo: un trofeo casi extinguido en Sevilla
La concesión del rabo fue un hecho histórico. No por la generosidad presidencial —que no la hubo—, sino porque la faena y el toro lo exigían. Aquel rabo quedó inscrito como el penúltimo otorgado en la historia de la plaza, lo que le añade una dimensión simbólica difícil de exagerar.
Desde entonces, la Maestranza ha cerrado aún más el cerrojo a este trofeo, hasta convertirlo en una pieza prácticamente extinguida. El rabo de Ruiz Miguel a Gallero quedó así como una frontera temporal: un antes y un después en la severidad del palco y en la concepción moderna del triunfo sevillano.
Morante de La Puebla y Ruiz Miguel dos toreros que cortaron un rabo La Maestranza Un legado que desafía al tiempo
Con el paso de los años, aquella tarde no ha hecho sino crecer en importancia. No fue solo una gran faena, ni siquiera solo un gran triunfo. Fue la demostración de que el toreo de verdad, cuando se enfrenta al toro más íntegro y lo somete con inteligencia y valor, puede romper incluso las murallas más antiguas.
El rabo de Ruiz Miguel en Sevilla no pertenece al archivo frío de las estadísticas. Pertenece al relato mayor del toreo, a esas páginas que se citan cuando se habla de toreros que no buscaron el aplauso fácil, sino el respeto eterno.
Y por eso, cada vez que se menciona el penúltimo rabo de la Maestranza, el nombre de Gallero y el de Ruiz Miguel vuelven a sonar con la fuerza de lo irrepetible.
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Malaguetista
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Re: Francisco Ruiz Miguel, el torero del mes de abril
Ruiz Miguel es parte del éxito de Canal Sur con los toros, y una parte importante; algunos le critican porque no expresa de manera correcta todo lo que sabe sobre toros; no es un orador, y cae en errores o vulgaridades, pero está para ser el mejor hablando de toros y conectar con un público.