Manuel Garrido García nació en Madrid el 2 de junio de 1895, en el seno de una familia humilde de once hermanos. Segundo de todos ellos, comenzó a trabajar desde los trece años para contribuir a la economía familiar, una circunstancia que marcó su carácter disciplinado y su temprana vocación por el esfuerzo constante. Su formación artística fue en gran medida autodidacta, aunque completó estudios en la Escuela de Artes y Oficios y asistió a clases de dibujo del natural en el Círculo de Bellas Artes, donde consolidó una técnica sólida y expresiva.
Grandes Viajes Salida del autobús a Villalpando Desde muy joven mostró una inclinación clara hacia el dibujo humorístico. A partir de 1918 comenzó a publicar en revistas como Mundo Nuevo, La Hoja de Parra, El Parlamentario, El Imparcial, La Zarpa o Gutiérrez, integrándose rápidamente en el ambiente del humor gráfico madrileño. En aquellos años iniciales desarrolló un estilo reconocible, basado en el trazo limpio, la observación minuciosa y una ironía contenida que lo diferenció de otros caricaturistas más agresivos.
Manuel Garrido Toros en la calle Durante la década de 1920 su presencia se consolidó en publicaciones fundamentales como Buen Humor, donde colaboró durante casi toda su existencia, y en la revista deportiva Pocholo, de la que llegó a ser director. En paralelo, trabajó como ilustrador en diversos medios y comenzó a forjar una reputación sólida como cronista visual de la vida urbana. Su doble condición —dibujante y empleado bancario— le permitió mantener una independencia creativa poco habitual en su tiempo.
El gran salto de popularidad llegó en 1934 con su incorporación al semanario Crónica, donde creó la célebre serie de Multitudes, auténtico emblema de su carrera. En estas composiciones corales, Garrido retrataba calles, plazas, estadios, cafés y escenas cotidianas del Madrid de la época, llenándolas de personajes distintos, gestos mínimos y situaciones simultáneas. Cada viñeta era un pequeño universo social, donde el espectador podía detenerse en decenas de microhistorias.
La becerrada de los zapateros del dibujante Garrido en el Museo de Historia Estas escenas multitudinarias, comparadas a menudo con las composiciones de Brueghel el Viejo, le otorgaron un lugar privilegiado en el humor gráfico español. Críticos como José Camón Aznar destacaron su capacidad para retratar la condición humana “sin acritud, pero con una ironía certera”, mientras que otros subrayaron su valor como cronista de la psicología colectiva urbana.
Tras la Guerra Civil, Garrido supo adaptarse al nuevo contexto sin perder personalidad. Colaboró en Pueblo, Cucú, Don José, Fotos, Arriba y ABC, donde realizó jeroglíficos y viñetas de actualidad. Al mismo tiempo, continuó su carrera en el sector bancario hasta alcanzar el cargo de apoderado general, una dualidad profesional que resulta hoy casi insólita.
Garrido El autobús de seis pisos que hace innecesario el ascensor Publicó varios libros fundamentales para entender su obra: La multitud (1945), Madrileños en serie (1946) y Yo quiero ser caricaturista (1952), este último concebido como manual teórico y ético del humor gráfico. En ellos dejó clara su visión del dibujo como herramienta pedagógica, crítica y humanista.
Durante años fue presidente de la Asociación de Dibujantes de España, cargo desde el que defendió la dignidad profesional del ilustrador y el valor cultural del humor gráfico. Su influencia se extendió a generaciones posteriores, tanto por su obra como por su magisterio silencioso.
Falleció en Madrid el 2 de enero de 1968. Décadas después, su figura fue reivindicada con exposiciones como “Garrido: multitudes en el Madrid de los años 30” (Museo de Historia de Madrid, 2017), confirmando su condición de cronista gráfico imprescindible del siglo XX español.
Manuel Garrido Obra gráfica Paseíllo La tauromaquia ocupó un lugar destacado dentro del universo gráfico de Manuel Garrido, especialmente como espacio social y humano más que como mero espectáculo. En sus dibujos taurinos no se centró tanto en la lidia técnica como en el ambiente que rodea a la plaza: el tendido, el bullicio, los vendedores, los aficionados, las tertulias y los gestos del público. La plaza de toros aparecía en su obra como una prolongación natural de la ciudad.
Manuel Garrido En el fútbol Sus escenas taurinas, muchas de ellas integradas en sus célebres “multitudes”, destacan por la capacidad de sintetizar la psicología colectiva del aficionado: el entusiasmo, la crítica feroz, la pasión, el aburrimiento o la solemnidad del momento. Garrido retrató la fiesta desde una mirada costumbrista y observadora, sin caer en el tópico ni en la caricatura grotesca, otorgando a cada personaje una identidad propia.
En este sentido, su obra taurina posee hoy un valor documental extraordinario. Más allá del humor, constituye una crónica visual del ritual social que rodeaba a los toros en el Madrid de entreguerras y de posguerra, convirtiendo sus dibujos en una fuente imprescindible para comprender la dimensión cultural de la tauromaquia en el siglo XX.

