Día Internacional de la Tauromaquia: La importancia de la tauromaquia en la historia
La tauromaquia, una tradición profundamente arraigada en la cultura de varios países, especialmente España, México y partes de hispanoamérica, ha sido durante siglos una expresión artística, social y ritual que trasciende el mero espectáculo.
Su origen se remonta a prácticas ancestrales en las que el toro, símbolo de fuerza y bravura, era venerado en rituales religiosos y festivos en la antigua Mesopotamia y en las culturas mediterráneas.
En la Península Ibérica, la tauromaquia evolucionó desde las prácticas medievales de lidia a caballo hasta convertirse en el arte que conocemos hoy, codificado en el siglo XVIII por figuras como Francisco Romero.
Este espectáculo no solo representaba un desafío físico, sino que también encarnaba valores culturales como el coraje, la destreza y el respeto por la naturaleza, simbolizada por el toro bravo, una especie criada específicamente para este fin.
A lo largo de la historia, la tauromaquia ha sido un reflejo de las dinámicas sociales y políticas de las sociedades donde se practica. En España, por ejemplo, las corridas de toros se convirtieron en un evento que unía a comunidades, desde las plazas de pequeños pueblos hasta las grandes arenas como Las Ventas en Madrid.
Durante los siglos XIX y XX, la tauromaquia se consolidó como un símbolo de identidad nacional, inspirando a artistas, escritores y poetas como Goya, Picasso o García Márquez, quienes encontraron en el toreo una fuente de inspiración para explorar temas de vida, muerte y pasión.
Además, las corridas han sido un espacio de cohesión social, donde toda la comunidad se mezclaba en un espectáculo que, aunque controversial, era un pilar de la vida cultural.
Económicamente, la tauromaquia también ha jugado un papel significativo, generando empleo y turismo en regiones donde las corridas son un atractivo central. Las ganaderías de toros bravos han contribuido a la preservación de ecosistemas y razas autóctonas, mientras que las ferias taurinas, como la de San Isidro o la Feria de Abril, han impulsado economías locales.
Más allá de su impacto material, la tauromaquia ha sido un vehículo para transmitir valores éticos y estéticos, como el respeto por el adversario y la búsqueda de la belleza en el enfrentamiento.
A pesar de este legado, la tauromaquia no es ajena a los desafíos del presente. La siguiente década se presenta como un campo de prueba crucial para su permanencia.
Retos de la tauromaquia en los próximos 5 a 10 años
Uno de los mayores retos que enfrenta la tauromaquia en los próximos 5 a 10 años es el creciente movimiento en contra de las corridas de toros, impulsado por preocupaciones éticas sobre el bienestar animal o partidismo político.
Organizaciones como PETA y movimientos antitaurinos han ganado terreno en varios países, presionando por prohibiciones legales o restricciones más estrictas. En lugares como Cataluña, donde la tauromaquia fue prohibida en 2010 (prohibición luego derogada), y en ciudades de hispanoaméria como Bogotá, donde las corridas han sido restringidas, la presión social y política para eliminar estas prácticas es cada vez más fuerte.
Este desafío se ve amplificado por una parte de las generaciones más jóvenes, que perciben la tauromaquia como un espectáculo anacrónico y cruel, lo que podría reducir su base de aficionados.
Otro desafío importante es la sostenibilidad económica de la tauromaquia en un contexto de declive de asistencia a las plazas. Las corridas de toros dependen en gran medida de los ingresos por taquilla y el turismo, pero la disminución de público, combinada con los altos costos de organización y mantenimiento de ganaderías, pone en riesgo su viabilidad.
En países como México y España, las ferias taurinas siguen siendo populares, pero la pandemia de COVID-19 demostró la fragilidad de este modelo, con muchas plazas cerradas temporalmente y ganaderías al borde de la quiebra.
En los próximos años, los organizadores deberán innovar, tal vez incorporando elementos educativos o formatos alternativos, como corridas sin sangre o eventos culturales que resalten el arte del toreo sin el sacrificio del animal, para atraer a nuevas audiencias.
¿Debe cambiar la tauromaquia? ¿Hay y habrá público para la tauromaquia como la conocemos en España?
Finalmente, la tauromaquia enfrentará el reto de adaptarse a un mundo globalizado donde las sensibilidades culturales están en constante cambio. En algunos países, como Portugal, la tauromaquia ha evolucionado hacia formas menos cruentas, lo que podría ser un modelo para otros.
Sin embargo, la resistencia a cambiar tradiciones profundamente arraigadas puede generar tensiones entre defensores y detractores. Pero ¿es necesario cambiar para un público no taurino?
Para sobrevivir, los aficionados y profesionales del toreo deberán dialogar con críticos, promover la educación sobre el valor cultural e histórico de la tauromaquia y buscar un equilibrio entre tradición y modernidad.
En los próximos 5 a 10 años, la capacidad de la tauromaquia para reinventarse sin perder su esencia será crucial para garantizar su continuidad en un mundo cada vez más polarizado.
¿Será capaz el arte del toreo de mantenerse fiel a sí mismo sin quedar al margen de su tiempo?
Día Internacional de la Tauromaquia: La importancia de la tauromaquia en la historia
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Re: Día Internacional de la Tauromaquia: La importancia de la tauromaquia en la historia
Os traigo un texto de Ignacio Vidal-Folch, escritor y periodista, que se define a sí mismo como podéis leer unas líneas más abajo. El texto, con este encabezamiento:
La excepción del torero
«A nuestra mentalidad democrática la diferencia que se marca en la ceremonia del toreo, la superioridad manifiesta del que se expone sobre los que miran, no le gusta»
Que yo os reformulo así: «La superioridad manifesta del que expone sobre los que miran; y la superioridad manifiesta de los que miran sobre los que no quieren mirar, no le gusta a nuestra mentalidad democrática»
Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fui fogonero en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y di tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a España, donde me dedico a escribir y a traducir. (I. Vidal-Folch)
https://theobjective.com/elsubjetivo/op ... dal-folch/
Publicaba el otro día en El Mundo Zabala de la Serna (a quien no tengo el gusto de conocer) una entrevista memorable con los toreros Antonio Ruiz Espartaco, veterano, retirado, y su ahijado Borja Jiménez, ambos nacidos en Espartinas, el uno en 1962 y el otro 30 años después. Las fotos de José Aymá sobrecogían, los retrató en un estado de gravedad total. Estampas de hombres que viven al borde del precipicio y al mismo tiempo no descuidan el cuidadoso afeitado cotidiano ni ajustarse bien el nudo de la corbata.
Escribo bajo la impresión de esa lectura, aunque sobre el toreo, su arte, su ceremonia, ya dijo todo lo que hay que decir Manuel Arroyo Stephens (el autor de aquel panfleto tan divertido Contra los franceses), en dos libros sensacionales, La muerte del espontáneo y sus memorias Pisando ceniza, donde entre otras cosas del mayor interés cuenta sus viajes de domingo por las provincias de España con el poeta José Bergamín. Arroyo conducía y el poeta le iba dando palique. Aficionados los dos a la llamada «fiesta», seguían al torero Rafael de Paula de plaza en plaza de toros. Era una rutina, una rutina de constante persecución de lo sublime.
Hablamos de ceremonias domingueras, pero no es lo mismo esto que ir a misa o al cine o al fútbol. Todo es ritual y tiene arte, pero estas son ficciones o símbolos, y aquello otro es la pura verdad. Estaba estupendo, pinturero y conmovedor Gary Cooper en Solo ante el peligro, llevaba la angustia y el presagio de la tragedia impresos en el rostro, pero no vas a compararle con Morante o con Roca Rey, ¿verdad? Aún hay clases.
Aunque, como acabo de decir, Arroyo Stephens ya lo dijera todo sobre este tema, hallándome yo ahora de un humor vago y honesto y digresivo me da por rumiar esa entrevista y este asunto de la excepcionalidad, ligado a la superioridad de un hombre sobre los demás que lo miran desde la barrera (y por cierto que algunos son tan primarios que si no les gusta lo que ven tienen el cuajo de abuchear). El traje de seda de colores salpicado de alamares y dorada pasamanería viene a confirmar esa distancia. Tan palmaria que tiene que reconocerla también, en el fondo de su conciencia, cualquiera con dos dedos de frente, incluso los que quieren suprimir el toreo, enviar a los toros bravos a la extinción y a los matadores a jugar con la consola.
Ese hombre con su colorido traje, más que anacrónico intemporal, sale voluntariamente —o, si no existe el libre albedrío, empujado por la fatalidad— de la llamada «zona de confort» a lo inconcebible, o a lo demasiado fácilmente concebible, y en medio de un círculo de gente civil e indiferenciada, bien a resguardo.
En otra entrevista memorable, un año antes de que en la plaza de Colmenar Viejo se cumplieran con exactitud sus peores presagios, dijo El Yiyo: «La muerte la llevamos en la cara todos los toreros. Pienso que un cuerno me va a arrancar el corazón. ¿Qué más da? Mejor morir de una cornada que en la M-30». Está en la lógica de los tiempos que la antigua plaza de toros de las Arenas de Barcelona se reconvirtiese en centro comercial, pasando de ser arena del coraje a palacio de la bagatela.
Tras leer el periódico, lo tiré a la papelera, pero no sin antes apuntar en la libreta una frase que me llegó al alma. Preguntaba el periodista al torero Jiménez por la posteridad, qué huella quiere dejar cuando haya dejado atrás esas «tardes de soledad». Y Jiménez responde: «Quiero que me recuerden como una persona normal y agradable».
Hombre, no, eso es imposible.
La excepción del torero
«A nuestra mentalidad democrática la diferencia que se marca en la ceremonia del toreo, la superioridad manifiesta del que se expone sobre los que miran, no le gusta»
Que yo os reformulo así: «La superioridad manifesta del que expone sobre los que miran; y la superioridad manifiesta de los que miran sobre los que no quieren mirar, no le gusta a nuestra mentalidad democrática»
Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fui fogonero en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y di tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a España, donde me dedico a escribir y a traducir. (I. Vidal-Folch)
https://theobjective.com/elsubjetivo/op ... dal-folch/
Publicaba el otro día en El Mundo Zabala de la Serna (a quien no tengo el gusto de conocer) una entrevista memorable con los toreros Antonio Ruiz Espartaco, veterano, retirado, y su ahijado Borja Jiménez, ambos nacidos en Espartinas, el uno en 1962 y el otro 30 años después. Las fotos de José Aymá sobrecogían, los retrató en un estado de gravedad total. Estampas de hombres que viven al borde del precipicio y al mismo tiempo no descuidan el cuidadoso afeitado cotidiano ni ajustarse bien el nudo de la corbata.
Escribo bajo la impresión de esa lectura, aunque sobre el toreo, su arte, su ceremonia, ya dijo todo lo que hay que decir Manuel Arroyo Stephens (el autor de aquel panfleto tan divertido Contra los franceses), en dos libros sensacionales, La muerte del espontáneo y sus memorias Pisando ceniza, donde entre otras cosas del mayor interés cuenta sus viajes de domingo por las provincias de España con el poeta José Bergamín. Arroyo conducía y el poeta le iba dando palique. Aficionados los dos a la llamada «fiesta», seguían al torero Rafael de Paula de plaza en plaza de toros. Era una rutina, una rutina de constante persecución de lo sublime.
Hablamos de ceremonias domingueras, pero no es lo mismo esto que ir a misa o al cine o al fútbol. Todo es ritual y tiene arte, pero estas son ficciones o símbolos, y aquello otro es la pura verdad. Estaba estupendo, pinturero y conmovedor Gary Cooper en Solo ante el peligro, llevaba la angustia y el presagio de la tragedia impresos en el rostro, pero no vas a compararle con Morante o con Roca Rey, ¿verdad? Aún hay clases.
Aunque, como acabo de decir, Arroyo Stephens ya lo dijera todo sobre este tema, hallándome yo ahora de un humor vago y honesto y digresivo me da por rumiar esa entrevista y este asunto de la excepcionalidad, ligado a la superioridad de un hombre sobre los demás que lo miran desde la barrera (y por cierto que algunos son tan primarios que si no les gusta lo que ven tienen el cuajo de abuchear). El traje de seda de colores salpicado de alamares y dorada pasamanería viene a confirmar esa distancia. Tan palmaria que tiene que reconocerla también, en el fondo de su conciencia, cualquiera con dos dedos de frente, incluso los que quieren suprimir el toreo, enviar a los toros bravos a la extinción y a los matadores a jugar con la consola.
Ese hombre con su colorido traje, más que anacrónico intemporal, sale voluntariamente —o, si no existe el libre albedrío, empujado por la fatalidad— de la llamada «zona de confort» a lo inconcebible, o a lo demasiado fácilmente concebible, y en medio de un círculo de gente civil e indiferenciada, bien a resguardo.
En otra entrevista memorable, un año antes de que en la plaza de Colmenar Viejo se cumplieran con exactitud sus peores presagios, dijo El Yiyo: «La muerte la llevamos en la cara todos los toreros. Pienso que un cuerno me va a arrancar el corazón. ¿Qué más da? Mejor morir de una cornada que en la M-30». Está en la lógica de los tiempos que la antigua plaza de toros de las Arenas de Barcelona se reconvirtiese en centro comercial, pasando de ser arena del coraje a palacio de la bagatela.
Tras leer el periódico, lo tiré a la papelera, pero no sin antes apuntar en la libreta una frase que me llegó al alma. Preguntaba el periodista al torero Jiménez por la posteridad, qué huella quiere dejar cuando haya dejado atrás esas «tardes de soledad». Y Jiménez responde: «Quiero que me recuerden como una persona normal y agradable».
Hombre, no, eso es imposible.
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Re: Día Internacional de la Tauromaquia: La importancia de la tauromaquia en la historia
Yo creo que el texto quiere decir que el torero no es un tío normal que sale a entretener, sino alguien que se juega la vida de verdad delante de todos. Hoy casi todo es cómodo, seguro o artificial, pero el toreo sigue teniendo ese punto real y peligroso que impresiona.