Sacramenia: cuando la tormenta mediática cae sobre un pueblo pequeño
En un municipio de apenas unos cientos de vecinos, cualquier incidente puede convertirse en noticia nacional. Hoy puede ser una vecina que se baña en topless; mañana, un cazador que exhibe las piezas cobradas, un gato que aparece cojo y cuya lesión todos atribuyen «al de siempre», una pareja que se besa durante la procesión o el único banco de la plaza, retirado porque los jóvenes se reúnen allí por la noche. Basta una anécdota para desencadenar una avalancha de reportajes, comentarios, *me gusta*, hilos de foros y reposteos.
Forocoches, ForosToreros, televisiones, periódicos regionales —incluido algún medio «vasco» que se empeñó en llamar «vizcaína» a una mujer a la que nunca presentó como vasca— y cabeceras nacionales entraron en escena. Sacramenia perdió el control de su propio relato. ¿Cuántos equipos de televisión, reporteros y fotógrafos pisaron sus calles durante esos días? Ninguno.
Esta no es una situación exclusiva de Sacramenia. La misma tormenta se repite, con distintos nombres, en pueblos grandes y pequeños de toda España. Un incidente menor deja de pertenecer a sus protagonistas y se convierte en materia prima para tertulias, campañas y enfrentamientos entre desconocidos. La gente del pueblo se queda, pero el relato ya se encuentra a cientos de kilómetros.
En Burgos, tres responsables municipales defendieron la prohibición de entrar con burkini en una piscina pública. La polémica fue inmediata. Televisión Española organizó un monográfico y dio voz a tres hombres que justificaron esa prenda en nombre de las costumbres, la religión y los maridos. Así, en la televisión pública. El debate volvió a concentrarse en el cuerpo de las mujeres y en las sensaciones de unos y otros, mientras quedaban relegadas preguntas más incómodas sobre convivencia, seguridad y coherencia normativa.
La maquinaria mediática no solo amplifica determinadas controversias; también decide cuáles merecen atención y cuáles es mejor tapar. Las colonias de gatos matan cada año millones de pájaros, reptiles y pequeños animales, algunos pertenecientes a especies protegidas; pero esas víctimas silenciosas apenas provocan campañas. Los gorriones, las lagartijas y las aves de los parques carecen de portavoces eficaces y no encajan con facilidad en la narrativa del momento.
En Gijón y en mil pueblos. El Ayuntamiento destina más de cien mil euros a contratar una banda y dar un concierto gratis. Mientras tanto, quienes organizan una corrida de toros deben pagar al consistorio por utilizar la plaza, además de asumir los gastos y riesgos. Y el público, a pagar. Una manifestación cultural recibe dinero público; otra empieza pagando por abrir las puertas. Esto pasa en miles de pueblos ¡hay debate!
¿Es obligación del alcalde o de la alcaldesa de un pueblo pequeño satisfacer los sentimientos de todos los vecinos y de cuantos espectadores externos se incorporan a una controversia? Yo creo que no. A la calle se sale llorado. Quien se considere oprimido, incomprendido o discriminado puede discutirlo en una charla a la fresca, pero no convertir al alcalde en terapeuta de cada malestar particular.
Un ayuntamiento debe administrar, mantener los servicios públicos, aplicar las normas y procurar una convivencia razonable. No puede repartir bálsamos emocionales, garantizar que nadie se sienta ofendido ni dictar una resolución distinta para cada sensibilidad. Mucho menos cuando la presión procede de miles de personas que jamás han estado en el pueblo y que olvidarán su nombre en cuanto aparezca la siguiente polémica.
En Sacramenia, las aguas han vuelto poco a poco a su cauce. Pero el daño ya está hecho. No solo se polarizó una controversia alrededor del cuerpo de una mujer; también se demostró hasta qué punto un municipio puede verse desbordado por una máquina mediática que opina más de lo que informa y que rara vez se queda a recoger las consecuencias.
La tormenta mediática no elige el tamaño del municipio. Solo necesita un disparador, un puñado de redes sociales y la disposición de algunos medios para convertir lo local en nacional, siempre que la historia encaje en la narrativa del momento. Después, cuando las cámaras se marchan y las redes encuentran otro motivo para indignarse, quienes deben seguir conviviendo son los vecinos.
**Me lo han enviado, y así lo publico.
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El_Estudiante
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