Albert Camus y la corrida: el sol, la sangre y la rebelión
Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913 – Villeblevin, Francia, 1960), escritor, filósofo y premio Nobel de Literatura en 1957, mantuvo una relación real, documentada y profundamente coherente con la tauromaquia, aunque siempre discreta y ajena a la exhibición pública. No fue un propagandista de la fiesta ni un aficionado militante al modo de Hemingway, pero sí un espectador implicado, capaz de reconocer en la corrida una de las formas más depuradas del drama humano.
Hijo de madre española, de origen menorquín, Camus creció en la Argelia francesa, en un entorno marcado por la presencia cultural hispánica. Su paso por Orán, ciudad de fuerte impronta española, reforzó esa cercanía. No es casual que allí situara La peste, ni que su sensibilidad literaria se viera atraída por los grandes temas del teatro español del Siglo de Oro, que adaptó y llevó a escena en Francia. En ese humus cultural, la tauromaquia no era un exotismo, sino un ritual reconocible.
Albert Camus Video sobre la felicidad, toreando
La documentación existente confirma que Camus fue aficionado. Perteneció al Club Taurin de Paris, y en una carta fechada en 1950 dejó escrita una frase inequívoca: no podía aceptar la prohibición de los toros formando parte de ese club. No se trataba de una provocación, sino de una toma de posición coherente con su rechazo a los dogmatismos morales y a las prohibiciones abstractas que desconocen la tradición viva.
Albert Camus, premio Nobel de literatura
Aún más reveladora es su reacción íntima tras asistir a su primera corrida. En una carta privada a María Casares, Camus describió la experiencia como una revelación casi religiosa, celebrada “entre el sol y la sangre”, capaz de producirle una mezcla de angustia y grandeza. El lenguaje empleado no es retórico: es el de alguien que reconoce en la corrida una forma extrema de verdad, donde el hombre se mide cara a cara con la muerte, sin coartadas ni discursos.
Ese núcleo conecta de forma directa con su pensamiento. La tauromaquia encaja con la filosofía del absurdo formulada en El mito de Sísifo: la lucidez ante un destino inevitable y la dignidad del gesto humano que, aun sabiendo que va a perder, se afirma en el acto. El torero, como el hombre camusiano, no niega la muerte; la enfrenta con estilo, medida y conciencia. No hay escapatoria metafísica, solo conducta.
Albert Camus Rebelión en Asturias, pieza de teatro
Existe además un testimonio visual poco citado pero enormemente elocuente: una filmación doméstica en la que Camus, entre amigos y niños, “juega al toro”, improvisa un paseíllo, ejecuta pases con un pañuelo y simula la estocada final. No hay solemnidad ni propaganda. Hay familiaridad con el rito, conocimiento de sus códigos y una alegría infantil que revela cercanía cultural, no pose intelectual.
Las críticas posteriores, especialmente desde posiciones antitaurinas contemporáneas, han intentado negar o minimizar esta faceta por considerarla incompatible con su humanismo. Sin embargo, Camus nunca fue un humanista blando. Defendió la mesura, el coraje, el juego limpio y la responsabilidad individual. Precisamente por eso, la corrida no le resultaba una barbarie incomprensible, sino una escena trágica reglada, donde la violencia no se oculta ni se delega, y donde el hombre se expone entero.
Albert Camus Vivir la lucidez
Camus no necesitó escribir tratados taurinos para ser aficionado. Le bastó con mirar, sentir y reconocer en la plaza una de las pocas ceremonias modernas capaces de condensar, en minutos, aquello que su obra pensó durante toda una vida: la dignidad del gesto humano frente al límite.
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