De las selvas a las tauromaquias: el nicaragüense universal que sedujo a Europa
Armando Morales Sequeira (15 de enero de 1927, Granada, Nicaragua – 16 de noviembre de 2011, Miami) pertenece a esa estirpe rara de pintores que, aun viajando media vida, siguen pintando con una brújula íntima. Su obra no se construye a base de ocurrencias, sino de persistencias: el lago, la selva, las habitaciones en penumbra, la figura humana como estatua viva, el bodegón como templo doméstico. Fue hijo de Adán Morales y Teresa Sequeira, creció en un ambiente familiar religioso y, siendo el menor de seis hermanos, aprendió pronto a mirar en silencio y a observar con atención. Ese silencio —no como pose, sino como método— terminaría siendo una marca de fábrica: hay cuadros suyos que parecen hablar bajito, pero se te quedan dentro mucho tiempo.
Armando Morales Sequeira
El traslado a Managua le abrió el mundo práctico y el mundo artístico. Ya de niño dibujaba y pintaba con una insistencia que no era hobby, era necesidad. A los once años hacía paisajes imaginarios; poco después, paisajes realistas. Su formación se consolidó en la Escuela de Bellas Artes de Managua (o Escuela de Artes Plásticas, según las fuentes), bajo el magisterio de Rodrigo Peñalba, figura decisiva para la modernidad pictórica nicaragüense. Allí se entrenó en dibujo, perspectiva y anatomía antes de entrar de lleno en el óleo. La muerte de su padre lo obligó a trabajar en el negocio familiar, con el tiempo de pintura reducido a fines de semana y noches: una etapa áspera que, paradójicamente, templó su disciplina y su idea de la pintura como oficio. No es casual que, muchos años después, se le describa como un trabajador casi monástico: alguien que no “hacía arte”, sino que “se ponía a pintar”.
Primeros premios, primeros puentes internacionales
En los años cincuenta llega el despegue real. En 1954 obtiene el Premio Joaquín Díaz del Villar en la II Bienal Hispanoamericana de La Habana. Y en 1956 gana el concurso centroamericano de pintura “15 de septiembre” en Guatemala con una obra temprana conocida como Árbol fantasma o Árbol-Espanto. Ese cuadro, convertido casi en talismán de inicio, fue adquirido para una colección mayor en Nueva York, un gesto que para un pintor centroamericano de esa época equivalía a abrir una puerta enorme. En 1957 participa en una exposición en Washington —se dice que vendió todo— y el nombre empieza a sonar fuera del vecindario.
Armando Morales Sequeira Óleo y cera de abeja sobre tela
Pero el golpe de autoridad llega en 1959, en la Bienal de São Paulo, al obtener el Premio Ernest Wolf como “Mejor artista latinoamericano”. Ese título, más que una medalla, fue un pasaporte. Desde ahí su vida entra en un mapa grande: Nueva York como laboratorio, Europa como horizonte, y Nicaragua como memoria inevitable. Se le vincula también a apoyos y becas como la Guggenheim (mencionada en distintos momentos) y a premios en certámenes internacionales. Lo decisivo es que, en lugar de quedarse en el exotismo de lo tropical, eligió una ambición más difícil: construir un lenguaje propio, contemporáneo, capaz de dialogar con lo que ocurría en el mundo sin dejar de pertenecer a su origen.
Nueva York, abstracción y regreso a la figura
Instalado por temporadas en Nueva York, convivió con el clima del expresionismo abstracto y de la pintura geométrica. Esa influencia existió —se nota en el orden compositivo y en ciertas tensiones de planos—, pero nunca lo absorbió por completo. Armando Morales Sequeira probó la abstracción como quien prueba un idioma: aprendió su gramática, se quedó con lo útil (estructura, síntesis, ritmo), y luego volvió a su manera de hablar. Hacia mediados de los sesenta abandona progresivamente el camino abstracto y retorna a la figura, al paisaje, al bodegón, pero con el músculo formal de la modernidad ya incorporado.
Armando Morales Sequeira, Sandinos
Esa etapa de madurez lo vuelve reconocible al primer golpe de vista: superficies trabajadas con paciencia, veladuras, raspados y una construcción de volumen que puede parecer gruesa, pero termina siendo lisa, controlada, casi de altorrelieve. En sus figuras humanas —especialmente los desnudos— hay una solemnidad sin estridencia: sensualidad, sí, pero también gravedad. Y en sus paisajes tropicales o lacustres —con el Lago Cocibolca y los recuerdos de Granada al fondo— se percibe una luz que no es postal, es tiempo: una luz que parece venir de la memoria.
España como experiencia, y Europa como consagración
El vínculo con España tiene dos caras: la vivida y la recibida. En 1964 se casa con Rosemary Tessier y, según varias referencias, vive un periodo en Cádiz. Esa estancia andaluza, aunque no siempre detallada con fechas exactas, resulta significativa: no es lo mismo “viajar por España” que respirar el Mediterráneo desde dentro, escuchar su ritmo y ver cómo la luz cambia la materia. En la obra de Morales la luz nunca es un adorno; es arquitectura emocional.
Armando Morales, Tres bañistas
Más tarde, ya con carrera internacional, su nombre circula por París con fuerza: en 1982 se traslada allí y, en 1983, se cruza con el galerista Claude Bernard, que se convierte en una figura crucial para su proyección europea. Exposiciones en la Galerie Claude Bernard y presencia en ferias como FIAC o Art Miami lo colocan en el escaparate de los grandes circuitos. Se mencionan también conexiones con la Organización de Estados Americanos y un papel cultural ligado a la representación nicaragüense ante la UNESCO, además de su actividad docente en The Cooper Union (1972) y su labor como agregado cultural en el consulado de Nicaragua en Nueva York. Todo eso dibuja un artista completo: no solo productor de cuadros, también puente institucional y voz cultural.
En el ámbito español, su recepción se entiende por afinidades: el gusto por el claroscuro, el peso de la tradición pictórica, el interés por el rito y la escena. No fue un pintor “local” en España, pero sí un pintor inteligible y estimado en los espacios de arte contemporáneo donde importan el oficio y el mundo interior del cuadro. Y ahí entran, con especial fuerza, sus obras taurinas.
Armando Morales, Tauromaquia
La obra taurina: el rito traducido a pintura
Dentro del catálogo de Armando Morales Sequeira, la tauromaquia no aparece como un tema decorativo ni como guiño turístico: es un territorio de tensión formal y simbólica. Se documenta que inicia su serie de Tauromaquias en torno a 1959 y la trabaja con particular intensidad a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, aunque el motivo reaparece en distintos momentos. En un pintor tan preocupado por la composición, la plaza ofrece un escenario perfecto: círculo, arena, muros, sombra, líneas de fuerza. Y dentro, dos presencias absolutas: toro y torero.
La tauromaquia de Morales no siempre grita; muchas veces contiene. Hay obras donde el movimiento se siente, pero también hay una tendencia a transformar la escena en un espacio mental. El ruedo deja de ser lugar físico y se vuelve cámara de resonancia: un sitio donde la elegancia convive con lo trágico, donde la belleza está siempre a un paso del peligro. La figura del toro, en particular, suele adquirir un peso monumental, casi escultórico: no es un “animal en acción” solamente, es una masa de energía, un símbolo de fuerza elemental. El torero, en cambio, puede aparecer desplazado, reducido o convertido en verticalidad —como si la pintura quisiera hablar de fragilidad humana frente a lo oscuro y lo inevitable.
Tauromaquia X y el salto a lo metafísico
En esa línea, una pieza como Tauromaquia X (1960) se menciona como un punto de inflexión. En lugar de recrear una corrida “realista”, el cuadro se describe con una atmósfera semiabstracta, con galerías y arcadas oscuras y un aire casi metafísico. Es decir: la plaza aparece más como arquitectura de la mente que como escenario con público. Ese giro encaja con una obsesión constante en Morales: convertir lo reconocible en algo suspendido, como si el cuadro fuera un recuerdo que se está formando mientras lo miras.
Armando Morales Sequeira, Tauromaquia
En España, estas obras taurinas encontraron un terreno fértil por razones obvias: el tema forma parte de un imaginario compartido, pero la lectura de Morales no se limita al costumbrismo. Sus Tauromaquias dialogan con una tradición que va de Goya a la modernidad, sin convertirse en imitación. Lo suyo es otra cosa: una reinterpretación desde un pintor americano que entiende el rito como espacio de forma, sombra, silencio y destino. Esa singularidad, justamente, es lo que hace que su obra taurina sea recordada no solo por el tema, sino por la manera.
Armando Morales Sequeira, Torero
Selvas, bodegones y figuras: el resto del universo Morales
Sería injusto encerrar a Armando Morales Sequeira en la etiqueta taurina. En realidad, sus ciclos mayores se apoyan en paisajes tropicales (selvas densas, orillas, isletas), bodegones de frutas y objetos, y figuras femeninas en escenarios donde la luz parece detenida. En obras como Desnudo sentado (1971), Dos mujeres, una con miedo (1972–1974) o sus series de bañistas, el cuerpo tiene presencia escultórica y el entorno funciona como una especie de escenario íntimo. Sus bodegones, por su parte, no son “naturalezas muertas” en sentido literal: son naturalezas cargadas de sensualidad, con una pulpa de color y de materia que roza lo carnal, como si la fruta y la piel compartieran idioma.
También trabajó el grabado y la litografía. Se menciona, por ejemplo, la serie La saga de Sandino, donde la historia de Nicaragua entra en su taller con una gravedad distinta. En conjunto, su obra combina lo local con lo universal de una manera poco común: no depende del color chillón para “parecer latinoamericano”, ni del discurso teórico para “parecer moderno”. Depende del oficio, de la composición y de esa capacidad de sostener una atmósfera.
Armando Morales Sequeira Torero
Fama, mercado y legado
La fama internacional de Armando Morales Sequeira se sostiene en tres pilares: reconocimiento temprano (premios y adquisiciones institucionales), circulación por capitales culturales (Nueva York, París, Londres, estancias en España) y la consolidación de un estilo propio ligado a galerías y ferias de alto nivel. A eso se suma el interés de figuras del mundo cultural y literario —se menciona una relación de admiración con Gabriel García Márquez, y la amistad con Carlos Fuentes—, que ayudaron a ampliar su resonancia fuera del circuito estrictamente pictórico.
Muere en Miami en 2011, pero su nombre no se apaga: se mantiene por la calidad del corpus, por su presencia en colecciones y por la labor de la Fundación Armando Morales. Con el tiempo, su figura ha ido creciendo como símbolo de una modernidad centroamericana que no pidió permiso para entrar en la historia del arte: entró trabajando, cuadro a cuadro, con una paciencia feroz y una ambición silenciosa.
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