Luis Francisco Esplá: La inteligencia del riesgo

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Luis Francisco Esplá: La inteligencia del riesgo

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Luis Francisco Esplá: La inteligencia del riesgo

Hablar de Luis Francisco Esplá es entrar en uno de los territorios más extraños y fascinantes de la tauromaquia moderna. No fue únicamente un matador importante ni un sobresaliente banderillero, ni siquiera uno de esos toreros cultos que aparecen de vez en cuando como excepción dentro del escalafón. Fue algo más difícil de definir: un hombre que quiso pensar el toreo mientras lo ejecutaba. Y eso lo convirtió en una rareza. En un mundo donde casi todo empuja hacia la repetición, Esplá eligió la búsqueda.
Luis Francisco Esplá cartel con sus primeras corridas
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Nació en Alicante el 19 de agosto de 1957, en una casa donde el toro no era una metáfora sino una realidad cotidiana. Su padre, Francisco Esplá Vicente, conocido como Paquito Esplá, había sido novillero y ganadero, y fundó una escuela taurina en la ciudad. Allí, en aquella pequeña plaza de Vista Alegre, en el barrio de Los Ángeles, empezó todo. No hubo una llamada romántica ni un descubrimiento tardío. Su destino estaba ya trazado en la arena. Su hermano Juan Antonio Esplá también sería matador, y años más tarde su hijo Alejandro Esplá prolongaría la sangre. En la familia Esplá, el toro no se heredaba: se respiraba.
Luis Francisco Esplá en el centro de la imagen, tres grandes jóvenes toreros
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Aquella infancia tuvo algo de laboratorio primitivo. La escuela taurina era por las mañanas lugar de aprendizaje y por las noches cine de verano. Esa doble condición —arena y ficción, sangre y relato— dejó huella en el niño. Mientras otros aprendían a distinguir árboles o pájaros, él aprendía a leer embestidas. Allí comprendió pronto algo que luego repetiría toda su vida: el toro siempre dice la verdad. Y esa frase sería la base de toda su carrera.
Luis Francisco Esplá por Rafael Sanz Lobato
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Su debut vestido de luces se produjo en Benidorm, el 21 de julio de 1974, apenas dos días después de cumplir dieciséis años. Aquel dato no es menor: Esplá fue precoz, pero no como fruto de una urgencia empresarial, sino de una madurez técnica poco común. Cinco meses más tarde debutó con picadores en Santa Cruz de Tenerife. Su ascenso fue rápido, casi violento. En menos de dos años estaba preparado para la alternativa. Quizá demasiado pronto. Pero a veces la prisa es también una prueba.
Luis Francisco Esplá portada revista Aplausos
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Tomó la alternativa el 23 de mayo de 1976 en Zaragoza, de manos de Paco Camino y con El Niño de la Capea como testigo. Apenas tenía diecisiete años. Aquella tarde dejó ya una pista de lo que vendría: ovación en el toro del doctorado y dos orejas en su segundo. Lo suyo no parecía un fogonazo. Parecía estructura. Pero la estructura, en el toreo, siempre necesita pasar por Madrid.
Luis Francisco Esplá en el ruedo
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La confirmación llegó en Las Ventas, el 19 de mayo de 1977, con Curro Romero de padrino. Y Madrid tardó en entenderlo. Porque Esplá no era un torero fácil de clasificar. Mientras otros se limitaban a ejecutar las suertes heredadas, él estudiaba tratados antiguos, buscaba dibujos olvidados, investigaba suertes desaparecidas y trataba de devolverles vida. Era un torero con vocación de arqueólogo. Quería rescatar la memoria de la tauromaquia. Y esa ambición, a veces, desconcierta antes de fascinar.
L Fco Esplá banderillas rabo de un toro de José Luis Osborne
Su gran explosión llegó el 1 de junio de 1982. La fecha ya pertenece a la historia. Aquella tarde, con toros de Victorino Martín, compartió cartel con Francisco Ruiz Miguel y José Luis Palomar en la célebre Corrida del siglo. No fue sólo una gran tarde: fue una declaración de principios. Los victorinos exigieron verdad absoluta y Esplá respondió con una lidia de inteligencia feroz, valor frío y un dominio extraordinario del segundo tercio. Cortó dos orejas y salió por la Puerta Grande. Ganó el trofeo Andanada al mejor par de banderillas. Madrid, por fin, lo reconocía. El problema con ciertos toreros es que necesitan una tarde imposible para ser comprendidos.

A partir de ahí, su carrera quedó ligada a las corridas duras. Victorino, Cuadri, Miura, Pablo Romero. Ganaderías que exigían no sólo valor, sino una cabeza capaz de leer lo imprevisible. Ahí Esplá encontró su territorio natural. Nunca fue un torero de facilidad ni de números abrumadores. Nunca lideró el escalafón con comodidad. Pero construyó algo más sólido: respeto. Y en tauromaquia, el respeto es más difícil que la fama.
Luis Francisco Esplá. Las Ventas Toro de Victorino Martín, 2 orejas
Su vínculo con Madrid fue profundo. Toreó cerca de noventa tardes en Las Ventas y abrió cuatro veces la Puerta Grande. Pocas plazas explican tanto a un torero como Madrid explica a Esplá. Allí sufrió, se rebeló, discutió con presidentes, impuso silencios a la música y convirtió tardes de viento en lecciones de oficio. Las Ventas fue su gran juez. Y también su gran amante.
Luis Francisco Esplá. Reflexión
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Pero no estuvo solo. Los años ochenta trajeron un fenómeno especial: el llamado cartel de los banderilleros. Junto a Nimeño II, Victor Mendes, Morenito de Maracay y El Soro, Esplá elevó el segundo tercio a un espectáculo central. Aquello no era adorno. Era una batalla estética. Cada uno buscaba su firma. Cada uno quería inventar algo nuevo. En ese territorio, Esplá fue quizá el más cerebral. El más antiguo. El más extraño.

Su rivalidad con José María Manzanares fue distinta. No tanto una guerra abierta como una oposición de naturalezas. Ambos alicantinos, ambos figuras, ambos orgullosos. Pero mientras Manzanares representaba la verticalidad clásica y la pureza del temple, Esplá exploraba la geometría secreta del toreo, los viejos mapas perdidos de la lidia. Eran dos lenguajes para una misma verdad.
Luis Francisco Espla Autor de grandes faenas
Francia lo entendió muy bien. En Nimes, Arles y Vic-Fezensac encontró un público especialmente receptivo a su concepto. Allí su afán por lo antiguo, por lo raro, por lo distinto, fue visto no como extravagancia sino como cultura. En América dejó huella en México, Perú, Colombia y Venezuela. En Manizales fue particularmente querido. Porque el aficionado americano suele premiar al torero que piensa.

Pero si Madrid fue su examen, Alicante fue su raíz. Nunca rompió con su tierra. Siempre volvió. Allí, en 2010, dio la alternativa a su hijo Alejandro Esplá, cerrando un círculo familiar que parecía escrito desde antes de su nacimiento. Ese día no toreaba sólo un padre. Toreaba una genealogía.

Y fuera del ruedo apareció otro Esplá. El pintor. Licenciado en Bellas Artes, expuso desde 1988 y desarrolló una obra influida por el expresionismo y el fauvismo mediterráneo. En 2009 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, un reconocimiento insólito para un torero. Porque Esplá nunca separó una cosa de otra. Pintar y torear eran para él formas distintas de resolver un mismo problema: la forma.
Morante brinda un toro a Esplá en Alicante 2025
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Su vida social fue discreta, más cercana a galerías, tertulias, músicos y escritores que a la farándula. Melómano, lector compulsivo y polemista agudo, siempre defendió la tauromaquia desde la inteligencia. Habló con artistas como Miquel Barceló, con académicos, con políticos y con reyes. Pero nunca perdió el acento del muchacho que aprendió a oler el humo de la broza en los campos de Alicante.

Y quizá ahí está el secreto.

En la mezcla.

Entre campo y biblioteca.

Entre capote y pincel.

Entre muerte y pensamiento.

Porque Luis Francisco Esplá no fue sólo un torero. Fue una forma de entender el toreo como conocimiento, memoria y desafío.

Y eso permanece más que las orejas.

«Me dicen que parece una luxación del cartílago de las costillas. Había que estar delante del toro, no era fácil, lo he dejado vivito, pero tenía sus complicaciones, había que aguantar esa calentura que desarrollaba. En la cogida he equivocado los terrenos y he pensado que si me iba a coger, mejor que me cogiera quieto. Pero todo ha sido muy bonito, después de tantos años sin aspirar a pisar un ruedo, a no notar el pulso del público, te encuentras con esta aventura maravillosa. Me lo he pasado muy bien con paliza incluida, recuerdas cómo sacuden los de cuatro año cuando cogen. Esto no es para turbarse, si no me ha hecho nada no iba a hacerme el muerto, es una obligación de los toreros volver a la cara del toro».
Luis Francisco Espla habla de la cogida Sept 2016.jpg
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Luis Francisco Espla habla de la cogida en septiembre de 2016
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