José Luis Merino, el crítico vasco que unió el arte y el toreo
La muerte de José Luis Merino González, ocurrida en Bilbao el 24 de noviembre de 2025 a los 94 años, dejó un vacío que se hizo notar de inmediato en dos mundos que rara vez dialogan con naturalidad: el del arte contemporáneo y el de la tauromaquia. Las primeras reacciones mostraron una mezcla de tristeza y gratitud. Artistas, periodistas, viejos amigos del norte y aficionados taurinos coincidieron en señalar que Merino poseía un don infrecuente: mirar despacio. Ese gesto, tan sencillo en apariencia, fue el que marcó su obra entera.
Quienes lo conocieron personalmente evocan un detalle revelador: solía comenzar las conversaciones con una pregunta baja, casi susurrada, como si temiera que el mundo se deshiciera con un ruido brusco. Esa delicadeza verbal, casi artesanal, es una de las huellas que deja en quienes trabajaron con él desde los años sesenta.
José Luis Merino
Los años de formación y la casa del arte
Nacido en Bilbao en 1931, Merino creció en un entorno donde la modernidad artística vasca se abría paso con dificultad pero con firmeza. Él fue testigo y luego protagonista de esa transición. En los años sesenta dirigió la Galería Grises, un espacio que hoy podría compararse con un pequeño laboratorio de creación. Allí mantenía largas conversaciones con pintores jóvenes, abría exposiciones arriesgadas y registraba la evolución de una comunidad que buscaba nuevas formas de expresión.
En los noventa, cuando parecía que la crítica de arte se volvía fría y abstracta, Merino reivindicó el trato humano con el artista. Sus libros más conocidos —70 artistas vascos, Habla Oteiza, Las palabras del toro— nacieron de esa doble pulsión: preservar la memoria de un tiempo y, al mismo tiempo, iluminar la sensibilidad de sus protagonistas. Las entrevistas que mantuvo con Oteiza entre 1995 y 1998 revelan esa mezcla de escucha paciente y juicio fino que lo definió durante toda su vida profesional.
Una manera de contar que hizo escuela
Su periodismo era tan singular como su carácter. En la redacción se comentaba que nadie, salvo él, podía convertir un dato aparentemente menor en un punto de apoyo para comprender un movimiento artístico entero. En sus textos, la crítica nunca era un dictamen severo, sino una invitación al lector.
Se cuenta que en una ocasión, después de una inauguración abarrotada, un joven artista le confesó que había esperado el artículo de Merino “como quien espera la lluvia”. Aquella frase lo acompañó años, porque confirmaba su intuición: la crítica debía ser un puente, no un tribunal. Esa anécdota resume con claridad la función cultural que desempeñó durante décadas.
José Luis Merino Hablan los artistas
La tauromaquia, su patria emocional
Para entender a Merino en plenitud es imprescindible adentrarse en la plaza. La tauromaquia no era para él una afición colateral, sino su segunda patria sentimental. Se le veía cada temporada en Bilbao, San Sebastián, Pamplona o Zaragoza, sentado en su tendido habitual con una libreta flexible que abría al primer capotazo. Desde allí componía crónicas que los lectores esperaban con devoción porque hacían algo que pocos cronistas logran: interpretar la lidia como si fuese una pieza estética.
En Las palabras del toro dejó una de las claves de su pensamiento artístico: “El toro manda, pero el torero compone”. Esa frase —que solía citar con media sonrisa— explica su mirada. No se limitaba a narrar lo que ocurría, sino que buscaba la arquitectura de una faena, la línea de los muletazos, la relación de tensión y belleza que definía cada tarde.
Los aficionados del norte recuerdan especialmente sus crónicas de la Semana Grande de Bilbao. Tenía predilección por describir el ambiente: el olor de la lluvia previa, la seriedad del tendido 7, el rumor grave cuando un toro salía abanto. Uno de sus textos más celebrados fue el dedicado a una tarde de 2005 en la que, tras una faena medida, escribió que el torero “había encontrado la música secreta del ruedo”. Esa frase, repetida durante años, es ejemplo de cómo su prosa conectaba con lectores que no siempre compartían su afición, pero sí su sensibilidad literaria.
José Luis Merino Las palabras del toro
Una herencia coherente y humana
El legado de José Luis Merino se sostiene sobre dos pilares que nunca se contradijeron: la defensa del arte como diálogo y la tauromaquia como una forma de emoción profunda. Escribió desde la escucha, desde la delicadeza, desde un respeto casi sagrado por los creadores —fuesen pintores o toreros— que buscaban una verdad a través de su oficio.
Quienes lo trataron coinciden en que la coherencia era su virtud más sólida. No había impostura en su entusiasmo ni grandilocuencia en sus juicios. Su obra queda como un puente entre lenguajes: el de los pinceles, el de las esculturas, el de los lienzos… y también el de las verónicas, los naturales y la embestida que se alarga como un trazo de tinta en el aire.
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