Cine del oeste: Cuando Hollywood cabalgó sobre nuestra memoria. Y Pérez Reverte
Las películas del oeste que Arturo Pérez-Reverte admira —Río Bravo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Hondo, Fort Apache e Incidente en Ox-Bow— son parte de su imaginario sentimental, pero también del relato con que Estados Unidos impuso su dominio cultural al mundo.
Detrás de esos paisajes dorados y de los héroes solitarios que Pérez Reverte tanto aprecia y de los que habla apasionadamente, detrás de ellos late una maquinaria narrativa que convirtió el despojo de pueblos enteros en epopeya; y la violencia colonial en mito fundacional. El western no fue solo cine: fue catecismo laico de una nueva civilización, herramienta de poder blando que moldeó las emociones y el sentido moral de generaciones enteras en Hispanoamérica y Europa y en el resto del mundo.
Colonización cultural
El cine del oeste fue mucho más que un género: fue la herramienta con que Estados Unidos impuso su relato al resto del mundo. Detrás de sus caballos, rifles y atardeceres había una maquinaria de propaganda que reescribió la historia del continente. He aquí algunos ejemplos de esa falsificación cultural que aún persiste:
1. Los “pioneros” como héroes y no como invasores
Hollywood presentó la expansión hacia el Oeste como la epopeya de familias valientes que llevaban la civilización a tierras vacías. En realidad, aquellas caravanas invadían territorios soberanos, violando más de trescientos tratados con las naciones indígenas. Las películas cambiaron el crimen por heroísmo.
2. El Séptimo de Caballería: los verdugos convertidos en salvadores
John Ford y sus imitadores transformaron a los regimientos exterminadores en guardianes del orden. Las masacres de Sand Creek (1864) y Wounded Knee (1890), donde fueron asesinadas mujeres y niños, se narraron como batallas justas. La bandera ondeando sobre la carnicería sustituyó a la verdad.
3. La “vida nómada” como signo de barbarie
El western retrató a los pueblos indígenas como errantes y salvajes. Pero muchos ya habían sido educados por los misioneros españoles en agricultura, ganadería y oficios estables. Los Apaches de Paz o los pueblos de Nuevo México vivían organizados en comunidades cristianas y sedentarias antes de ser destruidos.
4. La propiedad privada como virtud moral
El cine glorificó al granjero blanco que defiende su rancho de los indios “ladrones”. Sin embargo, las tribus mantenían sistemas comunales de tierra, donde el trabajo y el fruto se compartían. La noción anglosajona de propiedad absoluta fue el instrumento legal para despojarlos.
5. El hispano y el mestizo como villanos
En títulos como El Álamo o Los siete magníficos, los personajes de origen mexicano o español son perezosos, traidores o bandidos. La realidad era otra: los primeros vaqueros eran mexicanos, y los ranchos del suroeste estadounidense nacieron bajo la cultura hispana. El cowboy nació del vaquero, pero Hollywood blanqueó el término.
6. El borrado del catolicismo y del mestizaje
Las películas del oeste inventaron una frontera anglosajona y protestante, donde no existían curas, santos ni misiones. En los hechos, la presencia española fue decisiva en la fundación de pueblos, escuelas y parroquias. El mestizaje desapareció de la pantalla, sustituido por una pureza racial inexistente.
7. La justicia de la pistola
El sheriff solitario, el duelo al amanecer, el revólver como símbolo del bien: son mitos nacidos del western. En realidad, el derecho español implantado en el suroeste incluía alcaldes, jueces de paz y códigos escritos. Hollywood sustituyó la ley por la violencia, creando el mito del hombre armado como juez supremo.
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Pérez Reverte y sus películas del oeste
Pérez Reverte y sus películas del oeste
A pesar de toda la manipulación ideológica que el western encierra, Arturo Pérez-Reverte no lo rechaza: lo asume con la madurez de quien sabe mirar el mito sin dejarse dominar por él. Para él, el cine del oeste pertenece al territorio de la épica, el honor y la palabra dada, valores que sobreviven incluso dentro de un relato falseado. Quizá por eso vuelve a esas películas una y otra vez, como quien regresa a un idioma que fue aprendido en la infancia y ya no se puede olvidar.
Sus títulos predilectos son seis, y los ha repetido en entrevistas y artículos con la constancia de una oración personal: Río Bravo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Hondo, Fort Apache e Incidente en Ox-Bow. En todas late la misma tensión entre la justicia y la violencia, la amistad y el deber, la frontera y la soledad. Pérez Reverte admira en ellas la forma —la narración, la ética del gesto, el sentido del deber— más que el fondo histórico. Son películas que enseñan, dice, “cómo se debe estar en el mundo”.
Pero hay una paradoja inevitable: el escritor que más ha defendido la herencia hispánica y el valor del mestizaje siente devoción por el género que contribuyó a borrarlos. Esa contradicción es, en el fondo, la que todos compartimos: fuimos educados por las imágenes de un imperio que nos borró del relato, y aun así seguimos encontrando en ellas belleza, ritmo, verdad. Mirar el western desde Hispanoamérica o desde España es, por tanto, un acto doble: de amor y de resistencia.
Pérez Reverte mira a John Wayne o a James Stewart como mira a un soldado viejo que cumple su deber sin fe pero sin rendirse. En su pluma, el western deja de ser propaganda para convertirse en una escuela moral, un espejo donde los hombres aún conservan la decencia. Lo que para Hollywood era un mito nacional, para él es una liturgia íntima. Por eso sus películas favoritas siguen ahí, imponentes, aunque sepamos ya lo que escondían detrás del polvo del desierto.
A pesar de toda la manipulación ideológica que el western encierra, Arturo Pérez-Reverte no lo rechaza: lo asume con la madurez de quien sabe mirar el mito sin dejarse dominar por él. Para él, el cine del oeste pertenece al territorio de la épica, el honor y la palabra dada, valores que sobreviven incluso dentro de un relato falseado. Quizá por eso vuelve a esas películas una y otra vez, como quien regresa a un idioma que fue aprendido en la infancia y ya no se puede olvidar.
Sus títulos predilectos son seis, y los ha repetido en entrevistas y artículos con la constancia de una oración personal: Río Bravo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Hondo, Fort Apache e Incidente en Ox-Bow. En todas late la misma tensión entre la justicia y la violencia, la amistad y el deber, la frontera y la soledad. Pérez Reverte admira en ellas la forma —la narración, la ética del gesto, el sentido del deber— más que el fondo histórico. Son películas que enseñan, dice, “cómo se debe estar en el mundo”.
Pero hay una paradoja inevitable: el escritor que más ha defendido la herencia hispánica y el valor del mestizaje siente devoción por el género que contribuyó a borrarlos. Esa contradicción es, en el fondo, la que todos compartimos: fuimos educados por las imágenes de un imperio que nos borró del relato, y aun así seguimos encontrando en ellas belleza, ritmo, verdad. Mirar el western desde Hispanoamérica o desde España es, por tanto, un acto doble: de amor y de resistencia.
Pérez Reverte mira a John Wayne o a James Stewart como mira a un soldado viejo que cumple su deber sin fe pero sin rendirse. En su pluma, el western deja de ser propaganda para convertirse en una escuela moral, un espejo donde los hombres aún conservan la decencia. Lo que para Hollywood era un mito nacional, para él es una liturgia íntima. Por eso sus películas favoritas siguen ahí, imponentes, aunque sepamos ya lo que escondían detrás del polvo del desierto.
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Maratón curativo de cine del oeste
Maratón curativo de cine del oeste
De las seis películas más citadas por Arturo Pérez-Reverte, solo una —Fort Apache— puede verse hoy de forma gratuita y legal en España. Es un clásico absoluto del western y, al mismo tiempo, una oportunidad para mirar con distancia crítica el mito que ayudó a forjar. Quien quiera iniciar este pequeño viaje puede hacerlo desde aquí:
Ver Fort Apache en RTVE Play https://www.rtve.es/play/videos/cine-we ... e/4473203/
Las demás —Río Bravo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Hondo e Incidente en Ox-Bow— están disponibles solo mediante alquiler o suscripción.
Invitamos a los lectores que encuentren alguna de ellas accesible de forma gratuita y legal a compartir el enlace escribiendo a @madridgratis
La cultura se defiende también compartiendo.
Y mientras tanto, proponemos un maratón curativo, una travesía por el western libre, sin etiquetas ni fronteras, para reconciliar la mirada con lo que el mito ocultó. Estas películas, todas disponibles en abierto, conservan la épica del paisaje y el pulso moral del género, pero sin los dogmas del conquistador:
Horizontes lejanos (Anthony Mann, 1952) — Un viaje de redención donde la tierra y la culpa pesan más que la pólvora. Disponible en Runtime TV
https://www.runtime.tv/
El hijo de la furia (John Cromwell, 1942) — Drama de injusticia y orgullo en los confines del imperio. Gratis en Pluto TV
.https://www.pluto.tv/
El hombre de Utah (John English, 1934) — Arquetipo del western popular que conserva su ingenuidad intacta. En Plex TV
. https://www.plex.tv/
El forastero (William Wyler, 1940) — Una historia sobre la ley, la fe y la redención, con Walter Brennan y Gary Cooper. Disponible en Rakuten TV Free
. https://rakuten.tv/es/free
Un maratón así no es solo entretenimiento. Es un ejercicio de libertad: mirar el cine del oeste con los ojos del que ya no necesita creer el relato, sino comprenderlo.
Porque toda colonización —también la cultural— comienza por el mito; y toda descolonización empieza por aprender a mirarlo sin obedecerlo.
De las seis películas más citadas por Arturo Pérez-Reverte, solo una —Fort Apache— puede verse hoy de forma gratuita y legal en España. Es un clásico absoluto del western y, al mismo tiempo, una oportunidad para mirar con distancia crítica el mito que ayudó a forjar. Quien quiera iniciar este pequeño viaje puede hacerlo desde aquí:
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