Carlos Albarrán, “El Buñolero”: vida y memoria del torilero eterno de Madrid
A Carlos Albarrán lo vio nacer el Madrid castizo del 28 de noviembre de 1819, un Madrid de carruajes, buñolerías humeantes y calles de barro. Su familia vivía en Chamberí, entonces un arrabal más popular que urbano, y allí pasó los primeros años entre el olor de la masa frita y los pregones de la tarde.
En su bautismo en la parroquia del barrio quedó escrito un nombre que más tarde quedaría sepultado por un mote. De joven, Albarrán se dedicó a amasar y freír buñuelos, una tradición familiar que él ejerció como quien cumple un deber antiguo. De ahí nació la palabra que lo acompañaría toda la vida: El Buñolero.
Lo curioso es que ese apodo, nacido entre aceite caliente y rosquillas doradas, terminó imponiéndose con una fuerza que jamás habría predicho. A finales del XIX, decir El Buñolero en Madrid equivalía a nombrar al torilero más célebre del país, un hombre cuya sombra atravesó dos siglos.
Carlos Albarrán, el Buñolero, por Zuloaga
El fuego de Madrid era taurino y Albarrán lo sabía. A los veinte años quiso probar fortuna como banderillero en cuadrillas de novilleros modestos. Colocó palos con cierta gracia, pero una herida cerca del ojo —una cornada de un toro ya muerto, ironías del destino— lo convenció de que su sitio no estaría en el ruedo.
En 1843, o tal vez 1844, según quién lo cuente, un amigo le ofreció un destino más seguro y, sin saberlo, eterno: ser mozo de toriles en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá. Aceptó sin imaginar que estaba iniciando sesenta años de servicio ininterrumpido.
El torilero de entonces manejaba puertas pesadas, cerrojos duros, tinieblas y bramidos. La precisión era tan importante como el valor. Carlos aprendió pronto a distinguir el bufido del toro inquieto del silencio del toro peligroso. Su temple, cuentan, era de una serenidad contagiosa.
A mediados de siglo ya era torilero jefe, ese hombre invisible que conoce el orden de todos los toros, que vigila los chiqueros, que escucha el paseíllo con el oído afinado para prever cualquier imprevisto. Abría portones para la historia sin que su nombre apareciera en los carteles.
Las crónicas del Romanticismo taurino lo describen como de rostro apergaminado, pelo blanco en mechones rebeldes y un andar pausado que transmitía autoridad. Llevaba una montera antiquísima, que juraba haber heredado de Paquiro, y una chaquetilla negra con oro viejo que parecía sobrevivir por pura dignidad.
En el ruedo hacía un gesto que se volvió propio: recibía la llave del alguacilillo, bajaba la montera en un saludo breve y recortaba con ella para templar al toro antes de abrirle camino. Ese simple movimiento despertaba ovaciones espontáneas del tendido.
Él decía que no entendía por qué aplaudían esas zarandajas, pero en el fondo sabía que aquel ritual lo había convertido en parte del paisaje emocional de la plaza. Muchos niños acudían a los toros solo para verlo abrir la puerta del primer toro.
Las tardes no siempre fueron indulgentes. El 1 de julio de 1860, un toro saltó la barrera y lo arrolló mientras trepaba al tendido 5. Se fracturó el brazo. En otra ocasión perdió la clavícula. En otra, una astilla de pitón rozó el ojo sano. Su respuesta siempre era la misma: Son achaques del oficio.
Los toreros lo trataban con cercanía. Curro Cúchares, eterno guasón, le preguntaba antes de cada corrida: ¿Te va a temblar hoy el pulso, Carlitos?
Él respondía sin mirarlo: El pulso no, maestro; lo que tiembla es el toro que le toca a usted.
Aquella amistad estaba llena de bromas. En una tarde famosa, Cúchares hizo correr a Albarrán por el ruedo pidiéndole una espada para un descabello imposible, entre carcajadas del público. Al final de la función le regaló un puñado de colillas con un guiño: Tómalas, Carlitos, que si no, me las tiran a mí.
Con Paco Frascuelo la relación era distinta, más respetuosa. El diestro se acercaba a los chiqueros y preguntaba: ¿Qué me echa usted hoy, don Carlos?
Él replicaba: Si por mí fuera, uno para que se riera de todos los fantasiosos.
En 1874, cuando la plaza de la Puerta de Alcalá fue demolida, Albarrán se trasladó sin quebrarse a la nueva plaza de la carretera de Aragón. No se perdió ni un festejo. Había logrado una puntualidad que los periódicos llamaron cronométrica.
Vio desde la penumbra del toril la rivalidad legendaria entre Lagartijo, Frascuelo y Guerrita. Presenció la tragedia de Manuel García “Espartero” en 1894. Y en cada tarde, buena o mala, él permanecía en su sitio: mano firme en el cerrojo, ojo atento a la puerta.
A finales de siglo su figura adquirió algo de mito. Los artistas buscaban modelos auténticos y Albarrán era la autenticidad en carne viva. En 1901, Ignacio Zuloaga lo convenció para posar. El torilero, con un terno antiguo, se mantuvo quieto contando historias de toreros y reyes que había conocido.
Zuloaga lo pintó varias veces. En los lienzos aparece grave, con la dignidad silenciosa de quien ha visto demasiado para presumir de nada. Esas obras —El Buñolero, Buñolero de frente, Carlos “El Buñolero”, torilero de Madrid— terminaron fijando un icono: el del torilero viejo que sostiene, con la misma mano, un oficio y un siglo.
En 1903, con más de 3.000 corridas y unos 20.000 toros abiertos, se retiró sin ceremonia. Había cumplido los ochenta y cuatro años. Vivió sus últimos días en Madrid, tranquilo, viendo cómo la ciudad avanzaba hacia el siglo XX mientras él seguía siendo un fragmento vivo del anterior.
Murió el 27 de febrero de 1910, a las cinco de la mañana. La revista Los Toros le dedicó una necrológica emocionada. Allí escribieron que había sido un símbolo. Y lo fue: un hombre anónimo que dio grandeza a un oficio humilde, guardián del portal por donde asomaban el miedo y la gloria. Un puente humano entre dos épocas que Madrid nunca olvidó.
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Bartolomeo
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Re: Carlos Albarrán, “El Buñolero”: vida y memoria del torilero eterno de Madrid
A esa puerta la sostuvo un hombre que parecía de bronce viejo; firme, callado y exacto como un reloj madrileño del XIX.
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