Rafael Soto Moreno, De Paula: arte irregular, duende eterno y capote de leyenda

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Rafael Soto Moreno, De Paula: arte irregular, duende eterno y capote de leyenda

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Rafael Soto Moreno, De Paula: arte irregular, duende eterno y capote de leyenda

Rafael de PaulaRafael Soto Moreno— nació en Jerez de la Frontera, en el barrio de Santiago, en febrero de 1940 (la fecha aparece citada como 11 o 12 según fuentes). Murió en su casa de Jerez el 2 de noviembre de 2025, a los 85 años, tras un deterioro de salud prolongado; su ciudad decretó luto y lo despidió con el respeto reservado a los nombres que ya no caben en una simple estadística.

Allí, en esa geografía de calles estrechas, patios y compás, se hizo torero casi por instinto. El tópico diría “se crió entre el flamenco y la pobreza”, pero en su caso el tópico se queda corto: lo decisivo fue otra cosa, una manera de mirar y de esperar. Desde joven se le notó un aire raro, distante, como si estuviera más atento a la música interior que a la prisa del mundo.

Los primeros pasos
Su debut en público se sitúa en 1957, y desde esos primeros años quedó perfilado el fenómeno: quien iba a verlo no iba a “sumar” nada, iba a esperar. Hay toreros que se explican por su método; Rafael de Paula se explica por su misterio. Empezó a hacerse nombre en tentaderos, capeas y plazas donde el público no perdona: o hay verdad, o no hay nada.
Rafael de Paula, torero
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La alternativa en Ronda
La fecha clave, esa sí, es nítida: tomó la alternativa en la Goyesca de Ronda, el 9 de septiembre de 1960, con Julio Aparicio como padrino y Antonio Ordóñez de testigo, con toros de Atanasio Fernández. Aquel día cortó una oreja a cada uno de sus toros: el nacimiento oficial de un torero distinto, con una torería que parecía antigua incluso siendo joven.

El capote como firma
Si se quiere entender a Rafael de Paula, hay que empezar por el capote. Ahí estaba su idioma: la verónica como oración lenta, el lance como un modo de mandar sin alardes. Su forma de templar no era un recurso técnico; era una postura ante la vida. Cuando se acoplaba, daba la impresión de que el toro embestía “por gusto”, como si el animal aceptara entrar en un compás ajeno al reloj de la plaza.

Su muleta podía tener momentos de hondura rotunda, pero el capote fue su reino: ahí construyó la devoción de los llamados “paulistas”, esa afición que no exigía trofeos sino milagros. Y lo curioso es que, a veces, el milagro cabía en un solo lance.

Sevilla y Madrid: amor difícil
Tuvo relación intensa —y a ratos áspera— con plazas que lo midieron sin complacencias. Confirmó la alternativa en Las Ventas el 28 de mayo de 1974, con José Luis Galloso como padrino y Julio Robles de testigo. Ese dato, repetido por efemérides taurinas y crónicas especializadas, sitúa a Rafael de Paula en el mapa grande: Madrid lo miró de cerca, con la mezcla de fascinación y severidad que reserva para los toreros de concepto.

Jerez: tardes de leyenda
Pero su plaza sentimental fue Jerez. Allí su figura se volvió casi doméstica y mítica a la vez: el torero al que se le perdona todo porque, cuando aparece, justifica una vida de aficionado. Jerez guardó su recuerdo en forma de relatos transmitidos como se transmiten las cosas importantes: sin demasiada literatura, con el detalle exacto de “cómo lo hizo”.

En sus mejores tardes, su toreo no parecía una exhibición sino una confidencia. No era el torero que sale a “demostrar”; era el torero que sale a ver si ocurre. Y cuando ocurría, el público salía tocado, como si hubiera asistido a algo irrepetible.
Rafael de Paula, biografías
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Cuerpo quebrado, carácter indómito
Su carrera fue irregular, sí, pero conviene decirlo bien: no fue irregular por capricho solamente. La salud —especialmente las rodillas— condicionó su continuidad y su ánimo, y esa fragilidad física se mezcló con un carácter volcánico. La leyenda del torero imprevisible se alimentó tanto de lo artístico como de lo humano.

En su biografía hay un episodio que marcó titulares: en 1985 fue procesado por su presunta relación con el intento de asesinato del exfutbolista José Gómez Carrillo, en un asunto vinculado a su vida conyugal; el caso fue muy seguido por la prensa de la época.
Ese tipo de sombras —reales, mediáticas, magnificadas— acabaron formando parte del personaje público. Y, sin embargo, quienes lo trataron repetían una idea: con Rafael de Paula lo fácil era el juicio rápido; lo difícil, y lo justo, era comprender la mezcla de sensibilidad y temperamento.

La “espantá” que también es estilo
Hay un gesto suyo que, para bien o para mal, se convirtió en símbolo: su capacidad de romper el guion. En 2012, durante un homenaje en Ronda ligado a la Llave de Oro del Parador de Ronda, protagonizó una salida abrupta del acto que quedó registrada en vídeo y multiplicó comentarios. Fue una escena muy “Paula”: crítica, teatral, imprevisible, casi infantil en su sinceridad, y por eso mismo inolvidable.

Morante y la transmisión del arte
Ya retirado, su figura siguió latiendo como referencia estética. En torno a 2006–2007 apoderó a Morante de la Puebla, y ese encuentro —dos personalidades de creación— dejó huella en el imaginario taurino: no tanto por resultados empresariales como por lo que significaba la transmisión de un concepto del toreo basado en el temple y la verdad íntima.

Reconocimientos culturales
El Estado también lo situó más allá del ruedo: en 2002 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, otorgada por el Ministerio de Cultura. En junio de ese año se celebró un acto de entrega en Cádiz, en el convento de San Francisco, presidido por los reyes. Era una manera institucional de decir lo que el aficionado ya sabía: que lo suyo no era solo “torear bien”, sino crear una forma.
Rafael de Paula por Ramón Gayá
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Últimos años y despedida
En sus últimos años, la movilidad se le fue cerrando y la salud lo recluyó cada vez más. Cuando falleció el 2 de noviembre de 2025, Jerez lo veló en la iglesia de Santiago, con símbolos muy suyos —capote, montera, barrio— y con ese modo jerezano de despedir a los propios: entre el respeto y el compás.

Una idea del toreo
A Rafael de Paula se le entiende del todo cuando se acepta esto: fue un torero de arte más que de oficio, y un torero de momentos eternos más que de temporadas redondas. Por eso divide y enamora. Porque hay tardes suyas que desesperan… y hay un puñado de lances que, vistos una vez, acompañan toda la vida.

No dejó una “escuela” copiables: dejó un recuerdo exigente. Un recordatorio de que el toreo, cuando es verdad, no se reduce a la eficacia ni a la suma; es una emoción rara, a veces mínima, que aparece de pronto y convierte una plaza entera en silencio. Y en ese silencio —el suyo— Rafael de Paula se queda.
Un foro :idea: es mejor que twitter, mejor que facebook, mejor que instagram... ¿por qué? Este foro es taurino; las redes sociales son antis :evil: .

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