James Dean, el mito que quería torear
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James Dean, el mito que quería torear
James Dean, el mito que quería torear
Orígenes y carácter
James Byron Dean nació el 8 de febrero de 1931 en Marion, Indiana, hijo de Winton Dean y Mildred Marie Wilson. La muerte de su madre cuando él era un niño lo empujó hacia una vida interior intensa y, a la vez, hacia un aprendizaje práctico de campo: fue enviado a Fairmount, a la granja de sus tíos Marcus y Ortense Winslow, en un entorno cuáquero que le dejó dos marcas: disciplina y silencio. Allí, entre establos, tractores y tardes largas, se hizo un muchacho atento a los gestos mínimos: los de las personas… y los de los animales.
James Dean vivió con su infancia y adolescencia con su tío en la granja, pegado a la naturaleza La forja del actor
En 1949 viajó a California y pasó por el Santa Monica College y por la UCLA. La interpretación se lo llevó por delante: dejó el camino “serio” y se metió en el oficio con hambre, trabajos pequeños y televisión. En 1951 se instaló en Nueva York y entró en el Actors Studio, donde estudió con Lee Strasberg y absorbió una idea de actuación que le venía como anillo al dedo: la verdad antes que la compostura.
James dean en su estudio ensaya la flauta Hollywood: tres películas y una época
Su salto a la pantalla fue un fogonazo. Con East of Eden (1955), dirigido por Elia Kazan, Dean abrió una grieta: un tipo joven que no pedía permiso para estar roto. Ese mismo año, Rebel Without a Cause lo fijó como imagen de una juventud sin manual de instrucciones. Y en Giant (estrenada en 1956), su Jett Rink mostró otra cosa: ambición, aspereza, un envejecimiento interpretado a golpes de intuición. Con solo tres largometrajes grandes, dejó un modelo de intensidad que el cine no ha terminado de gastar.
James Dean en su apartamento con su capa y la cornamenta Velocidad y final
Fuera del plató, la prisa también era una forma de vida. Le fascinaban las motos y las carreras: la técnica, el riesgo, el pulso. El 30 de septiembre de 1955 murió en un accidente cerca de Cholame, California, cuando conducía su Porsche 550 Spyder camino de una competición. Tenía 24 años. La noticia corrió como un relámpago y el personaje quedó congelado: joven para siempre, a medio gesto, en plena huida.
James Dean dedicado al arte La tauromaquia: una obsesión con rito y técnica
En Dean hubo una afición que no encajaba en el molde de estrella estadounidense y, precisamente por eso, lo define: la tauromaquia. El primer detonante, según recuerdan varios relatos biográficos, fue el reverendo James DeWeerd, una figura tutelar en Fairmount que le abrió puertas a la cultura europea, a la música, a la idea del riesgo y al imaginario taurino. A partir de ahí, Dean no lo vivió como exotismo sino como rito: un arte donde el cuerpo se mide con el miedo y la estética depende de la calma.
James Dean I studied bullfighting in Mexico En Nueva York y después en Los Ángeles, convirtió su afición en un paisaje doméstico: carteles, fotografías, libros y objetos (capotes, muletas, banderillas) que enseñaba con la seriedad de quien enseña herramientas de trabajo. Se le atribuye una devoción especial por el torero estadounidense Sydney Franklin, figura rara y magnética para un actor que también estaba inventándose a sí mismo. En esa línea, se cuenta que practicó toreo de salón, a veces solo, a veces con amigos, y que llegó a llevar esa imaginería al Actors Studio con escenas inspiradas en el universo del matador. Dean quería ir más lejos: planes de México, sueños de España, la temporada como aprendizaje. Si su plaza fue la pantalla, su fantasía íntima —la que no caduca— tuvo arena. James Dean y Sara Montiel
Orígenes y carácter
James Byron Dean nació el 8 de febrero de 1931 en Marion, Indiana, hijo de Winton Dean y Mildred Marie Wilson. La muerte de su madre cuando él era un niño lo empujó hacia una vida interior intensa y, a la vez, hacia un aprendizaje práctico de campo: fue enviado a Fairmount, a la granja de sus tíos Marcus y Ortense Winslow, en un entorno cuáquero que le dejó dos marcas: disciplina y silencio. Allí, entre establos, tractores y tardes largas, se hizo un muchacho atento a los gestos mínimos: los de las personas… y los de los animales.
James Dean vivió con su infancia y adolescencia con su tío en la granja, pegado a la naturaleza La forja del actor
En 1949 viajó a California y pasó por el Santa Monica College y por la UCLA. La interpretación se lo llevó por delante: dejó el camino “serio” y se metió en el oficio con hambre, trabajos pequeños y televisión. En 1951 se instaló en Nueva York y entró en el Actors Studio, donde estudió con Lee Strasberg y absorbió una idea de actuación que le venía como anillo al dedo: la verdad antes que la compostura.
James dean en su estudio ensaya la flauta Hollywood: tres películas y una época
Su salto a la pantalla fue un fogonazo. Con East of Eden (1955), dirigido por Elia Kazan, Dean abrió una grieta: un tipo joven que no pedía permiso para estar roto. Ese mismo año, Rebel Without a Cause lo fijó como imagen de una juventud sin manual de instrucciones. Y en Giant (estrenada en 1956), su Jett Rink mostró otra cosa: ambición, aspereza, un envejecimiento interpretado a golpes de intuición. Con solo tres largometrajes grandes, dejó un modelo de intensidad que el cine no ha terminado de gastar.
James Dean en su apartamento con su capa y la cornamenta Velocidad y final
Fuera del plató, la prisa también era una forma de vida. Le fascinaban las motos y las carreras: la técnica, el riesgo, el pulso. El 30 de septiembre de 1955 murió en un accidente cerca de Cholame, California, cuando conducía su Porsche 550 Spyder camino de una competición. Tenía 24 años. La noticia corrió como un relámpago y el personaje quedó congelado: joven para siempre, a medio gesto, en plena huida.
James Dean dedicado al arte La tauromaquia: una obsesión con rito y técnica
En Dean hubo una afición que no encajaba en el molde de estrella estadounidense y, precisamente por eso, lo define: la tauromaquia. El primer detonante, según recuerdan varios relatos biográficos, fue el reverendo James DeWeerd, una figura tutelar en Fairmount que le abrió puertas a la cultura europea, a la música, a la idea del riesgo y al imaginario taurino. A partir de ahí, Dean no lo vivió como exotismo sino como rito: un arte donde el cuerpo se mide con el miedo y la estética depende de la calma.
James Dean I studied bullfighting in Mexico En Nueva York y después en Los Ángeles, convirtió su afición en un paisaje doméstico: carteles, fotografías, libros y objetos (capotes, muletas, banderillas) que enseñaba con la seriedad de quien enseña herramientas de trabajo. Se le atribuye una devoción especial por el torero estadounidense Sydney Franklin, figura rara y magnética para un actor que también estaba inventándose a sí mismo. En esa línea, se cuenta que practicó toreo de salón, a veces solo, a veces con amigos, y que llegó a llevar esa imaginería al Actors Studio con escenas inspiradas en el universo del matador. Dean quería ir más lejos: planes de México, sueños de España, la temporada como aprendizaje. Si su plaza fue la pantalla, su fantasía íntima —la que no caduca— tuvo arena. James Dean y Sara Montiel
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Re: James Dean, el mito que quería torear
Me enganché a Rebelde sin causa hace mucho tiempo. Luego vi que Dean no “posaba”: parecía que le dolía de verdad. Me recordó a cuando alguien finge estar bien y no cuela. Y de ahí siguió una enorme curiosidad por un actor que con solo tres películas y sin llegar a los 25 tocó el cielo.
Re: James Dean, el mito que quería torear
Un colega me enseñó fotos suyas con un Porsche y pensé: postureo vintage. Después leí lo del accidente y se me quedó una sensación rara, como si la vida le fuera un segundo por delante.
Re: James Dean, el mito que quería torear
En una cena salió su nombre y nadie lo ubicaba. Puse la escena del planetario y se hizo silencio. No es vieja: es actual, de ansiedad pura, como si hablara de ahora.
Re: James Dean, el mito que quería torear
Me enteré de que venía de granja y me cuadró todo: esa forma de mirar sin hablar mucho. Como la gente de pueblo que observa primero y suelta la frase después, pero te remata.
Re: James Dean, el mito que quería torear
Leí que practicaba pases con una chaqueta en casa, como si entrenara una verdad corporal. Me dio ternura y respeto: el tipo ensayaba el valor en el salón, literal.
Re: James Dean, el mito que quería torear
Lo vi en el cine de barrio. Salimos imitando su manera de caminar, como si el cuerpo pesara y a la vez quisiera escaparse. Era raro: no parecía actor, parecía vecino con tormenta.
Re: James Dean, el mito que quería torear
Yo lo recuerdo por la cara de niño triste. Mi hermana decía que tenía mirada de huérfano. Años después supe lo de la madre y pensé: claro, la pena ya venía de casa.